Al comenzar la invasión rusa de Ucrania me mostré partidario en este mismo espacio de una rendición inmediata para evitar pérdidas innecesarias ya que militarmente no tenía posibilidad alguna de derrotar al Ejército ruso.
Hoy ese planteamiento ya no sirve, es tarde. Las pérdidas de recursos humanos y materiales, y las consecuencias del conflicto son ahora inevitables, por lo que no tiene sentido la pretensión de Donald Trump de que los ucranianos se rindan sin más. Hacerlo significaría desperdiciar todos los sacrificios realizados en estos tres años.
Admito que cuando recomendé que los ucranianos evitaran el combate para salvar todo lo posible, no esperaba que las Fuerzas Armadas rusas fueran un gigante con pies de barro. Contaba con que los soldados ucranianos serían arrollados por el superior empuje militar del enemigo: No ha sido así y, tras tres años de esfuerzo bélico, Moscú solo ha conseguido controlar menos del 18% del territorio de Ucrania y no tiene capacidad para ampliar sus conquistas de forma significativa.
Los ucranianos han sabido sacar partido a la ayuda occidental y consiguieron en poco tiempo cambiar la naturaleza del conflicto: de guerra relámpago a guerra de desgaste.
En un frente sin apenas avances por parte de dos contendientes que carecen de capacidad suficiente para cambiar el curso de los acontecimientos, la guerra se ha convertido en una rutina bélica que Vladímir Putin intenta romper destruyendo infraestructuras civiles del enemigo para castigar a los civiles ucranianos a base de frío.
Evidentemente, los rusos están sacando el máximo partido a su manifiesta superioridad aérea, sin embargo sus tropas no tienen el empuje necesario para realizar avances significativos, quizá porque un enfrentamiento de infantería limitaría bastante la actual eficacia del paraguas protector de la fuerza aérea.
De esta forma se demuestra que, aunque lo parezca, el “arte de la guerra” no ha avanzado tanto como se cree: a pesar de los cazas de quinta generación, avanzados carros de combate, armas hipersónicas, merodeadoras, drones, robots y medios tecnológicos casi de ciencia-ficción, al final sigue siendo el soldado el que conquista el territorio. Controlar el cielo sin el suelo no significa ganar la guerra, como aprendimos en Vietnam o más recientemente en Afganistán.
Por todo ello, en las actuales circunstancias, Ucrania ya puede aplicar el principio “de perdidos al río” y mantener el pulso a Moscú el tiempo necesario para que el agotamiento lleve a ambos bandos a la mesa de negociación en condiciones de menos desigualdad. Después de tres años, con cientos de miles de muertos y mutilados, con buena parte de las infraestructuras esenciales destruidas, vale la pena seguir desgastando a Vladímir Putin para demostrar al próximo aprendiz de Adolf Hitler que invadir otro país no tiene premio.
Es fundamental en consecuencia que Europa mantenga la ayuda militar a Ucrania con toda la intensidad y frecuencia que sea posible. Además, también es importante, no prestar atención a lo que diga Donald Trump porque su objetivo no es que gane Ucrania sino poder empezar cuanto antes a explotar sus recursos naturales para cobrarse hasta la última bala que ha entregado a Kiev.
De hecho, es precisamente el presidente norteamericano quien más tiene que aprender de la resistencia de los ucranianos que están demostrando a una superpotencia que ser más fuerte y más cruel no siempre es suficiente para imponer tu voluntad.
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