A estas alturas no tiene demasiado sentido ponerse a dramatizar sobre los lamentables resultados del alumnado español en el informe PISA que barema el nivel educativo en los países de la OCDE.
Bien mirado el que las pruebas hayan demostrado que los estudiantes españoles son de los más ignorantes del mundo es un éxito de nuestro sistema político, social y económico, de los gobiernos de las últimas décadas, de la clase política y de nuestros oligarcas económicos porque, en el caso español, fabricar incultos no ha sido un accidente sino un plan, un plan que se ha desarrollado durante muchos años para crear zoquetes que sean fáciles de manejar, convencer y, en definitiva, someter.
Ya no está bien visto que el líder torture, mutile o mate para convencer, así que hubo que buscar alternativas menos expeditivas que resultaran igualmente eficaces para fabricar ciudadanos dóciles, que pensaran y actuaran conforme a los intereses de aquellos que detentan el poder. Es cierto que el objetivo se ha alcanzado con diferentes niveles de éxito en la mayor parte de los 38 países de la OCDE, aunque en España parece que, por una vez, destacamos internacionalmente y hemos logrado crear uno de los alumnados más estúpidos del planeta.
Sin embargo, aún reconociendo el resultado del maquiavélico plan, su gran éxito no ha sido convertir la educación en una máquina de producir borregos sino lograr que el rebaño ignore que lo es, que lo somos, para ser justos.
Los docentes llevan años, décadas, advirtiendo de la degradación de la educación, del error que suponía y supone, confundir la "universalización" con la relajación hasta lograr que el sistema de enseñanza no enseñe, generalizando la ignorancia como el único "derecho" que iguala a todos nuestros jóvenes. Políticas ministeriales que, una tras otra, han ido rebajando el nivel educativo hasta que a los profesores casi se les ha prohibido suspender a un alumno independientemente de sus resultados académicos, impensable por supuesto obligar a repetir curso; gobiernos que han premiado la ley del mínimo esfuerzo de los estudiantes maximizando la eficacia de sus derechos mientras minimizaban la de sus obligaciones. Un proceso en el que ha sido necesario dejar inerme al profesorado arrebatándole el principio de autoridad y privándole del escudo que supuso en el pasado el necesario respeto debido a su figura.
Todo el plan urdido para alcanzar el resultado del que ahora fingimos alarmarnos, que los borregos depositen un voto en la urna ignorando que lo son, que no han elegido la papeleta que llevan en la mano y que, por supuesto, no son libres.
Reconozcámoslo, un plan brillante.
Comentarios potenciados por CComment