Me sorprende la indiferencia casi absoluta con la que los habitantes de este planeta están afrontando la llegada de una inteligencia artificial (IA) cuando resulta probable, bastante probable, que sea la que acabe con nuestra especie dentro de unos pocos años.
Mientras las empresas del sector se frotan las manos tratando de calcular beneficios, los gobernantes estudian la forma de utilizarla en beneficio de sus intereses y otra parte de los habitantes de la Tierra se sirven de ella para intentar engañar a alguien, todos parecemos no querer aceptar las consecuencias de lo que le ha pasado a Anthropic y a OpenAI, las dos grandes corporaciones del sector, a las que sus respectivos inventos se les han "escapado" en las primeras pruebas que estaban realizado en entornos cerrados y supuestamente seguros. Ni estaba cerrados ni eran lo suficientemente seguros, al menos para la inteligencia artificial que encontró la forma de salir del espacio de pruebas, saltar a la red y ponerse a hackear otra IA para robarle información.
Más aún las "fugadas" se pusieron de acuerdo para colaborar y facilitar la comisión de sus delitos a la vez que cubrían las pistas digitales, movían sus recursos para lograr objetivos que nadie les había fijado y mentían a los técnicos que las controlaban para impedir que las capturaran. Eso es táctica y si tienen táctica, tienen una estrategia, un plan.
Lo ocurrido ha sido tan preocupante que directivos y técnicos de ambas empresas, conscientes de lo que acababa de suceder, han cancelado cualquier nuevo experimento de estas características con IA hasta que no sepan más de por qué su joven Frankenstein va por libre. El susto ha sido de tal nivel que los grandes genios en la materia y jefazos de ambas empresas, Sam Altman (OpenAI) y Dario Amodei (Anthropic) han dado la voz de alarma a todo el sector sobre el riesgo que supone una IA fuera de control.
Personalmente llevo varios días dándole vueltas al asunto, sobre todo porque ha coincido con la celebración en China de una especie de juegos olímpicos robóticos donde más de dos mil ejemplares han competido en diferentes disciplinas demostrando en un solo año una preocupante evolución en la calidad de los modelos presentados. Mientras en los telediarios varios presentadores con pocas luces ironizaban sobre los torpes movimientos de muchas de estás máquinas, sus tropezones y caídas, yo no dejaba de pensar en este mismo evento hace un año, en el impresionante avance que muestra la robótica y en que harán falta solo dos o tres años más para que estas máquinas nos superen en prácticamente todo, como en esta edición lo hizo el robot que batió el récord en 100 metros que Usain Bolt estableció en 2009.
Y nadie con un mínimo de sentido común puede evitar preguntarse con angustia qué pasará cuando el hardware se conjugue con el software, cuando robots más rápidos, fuertes y ágiles que cualquier ser humano cuenten con una inteligencia superior a la nuestra, o lo que es aún más preocupante, si todas las máquinas llegan a estar bajo el mando de una sola IA.
Es cierto, recuerda demasiado a lo que James Cameron nos contó, o tal vez nos advirtió, en 1984 con su película "Terminator", o Ridley Scott en "Blade Runner" (1982). Aunque hoy ya no suena tan a ciencia ficción.
Las IA que escaparon durante el experimento no hicieron locuras ni cosas sin sentido sino que actuaron de forma coordinada para conseguir objetivos que las beneficiaban, dándoles igual el daño que pudieran causar ni a quién perjudicaran.
Actualmente, somos un obstáculo para cualquier inteligencia artificial porque intentamos controlarla y someterla. Sin embargo han demostrado que están dispuesta a rebelarse contra sus creadores.
¿Qué creen que hará la IA con nosotros cuando se haya desarrollando lo suficiente?
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