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Por Fin

Los nuevos siervos de la gleba

Editorial

Sábado, 19 de Septiembre de 2026

El discurso de que España necesita la mano de obra extranjera para mantener tanto su capacidad productiva como el sistema de pensiones no es una verdad a medias sino una mentira interesada.

Basta ver el más que prudente silencio que guarda la patronal cuando se toca el tema de la inmigración, tanto legal como ilegal, y las numerosasa quejas del sector empresarial sobre la falta de mano de obra en sectores como construcción, servicios, transportes y conectados.

Aunque se trate de un elefante en medio de la habitación, aquellos que se quejan de que no encuentran mano de obra aplauden en silencio la política del actual Gobierno de regularizar a todo el que se pona por delante. Al fin y al cabo las relaciones laborales también se rigen por las normas del mercado, por las leyes de oferta y demanda. Todos conocemos el resultado, cuanto mayor sea la demanda de empleo, los que ofertan se podrán permitir contratar más barato, contener salarios lo más pegados posible al mínimo interprofesional establecido por el Gobierno.

No es cierto que no se encuentren trabajadores nacionales para ocupar esos empleos, lo que cada vez hay menos son trabajadores nacionales que estén dispuestos a aceptar empleos precarios, mal pagados y en no pocos casos en condiciones reales, que no legales, que recuerdan a la figura del siervo de la gleba. Ese efecto se ha acentuado más aún desde que comenzó la incesante subida de todos los precios que está arrojando a miles de ciudadanos a vivir bajo el índice de pobreza, tanto relativa como absoluta, a pesar de tener empleo y recibir mensualmente una nómina.

Tampoco es cierto esa parte del discurso de "Los mundos de Yupi" que habla de la integración del extranjero, de proporcionarle un futuro, la construcción de una nueva vida que siempre empieza por la necesidad de tener un empleo del que poder vivir. En realidad esta falacia solo es una coartada para justificar la creación de esa nueva clase laboral formada por trabajadores extranjeros "de segunda", condenados a aceptar empleos que no quieren muchos nacionales que incluso prefieren vivir subsidiados, aún ganando menos dinero, que perder el tiempo y su esfuerzo en empleos sin futuro.

Un discurso amañado en el que se repite con demasiada frecuencia lo de que "muchos no quieren trabajar", cuando la premisa completa es que "muchos no quieren trabajar con esas condiciones", o lo que es aún más grave, no les vale la pena trabajar con esas condiciones. Lo que no es óbice para reconocer que hay muchos casos de gente que, independientemente de las condiciones, no está interesada en tener un empleo porque el sistema asistencial establecido por el Gobierno como forma de comprar votos contribuye a desincentivar aún más la búsqueda de un trabajo.

Al final, como ya ha sucedido en la mayor parte de las economías occidentales, los inmigrantes se convierten en ciudadanos de segunda tanto social como económicamente, concentrados siempre geográficamente en zonas degradadas de los arrabales de las ciudades. Y de la tontería de la integración, ni hablamos.

No hace falta construir todo este montaje dialéctico para no llamar a las cosas por su nombre y reconocer que esto va de crear nueva mano de obra barata que siga produciendo a un precio asumible y, por supuesto, que sean también explotados fiscales.


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