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Miércoles, 19 de Agosto de 2026
Por Fernando Madariaga

La hostilidad hacia el turismo que han expresado últimamente los residentes en algunos destinos españoles no parece llevarnos en Marbella a verle las orejas al lobo a pesar de que cada verano las tiene más grandes.

Al igual que ha pasado en otros destinos turísticos que ya van camino de morir de éxito, empezando en Venecia y terminando en Málaga, nuestra ciudad también ha comenzado el habitual proceso gentrificador que esta actividad provoca en el centro de las ciudades y en los llamados cascos históricos.

A pesar del discurso injustificadamente triunfalista e inevitablemente cortoplacista de todas las administraciones públicas cuando se habla de los datos turísticos, lo cierto es que el turismo tiene también un lado oscuro. La actividad genera el 12,6% del PIB nacional y emplea a 2,7 millones de personas, pero a un precio sobre el que no suelen reflexionar alcaldes y presidentes que solo aspiran a más visitantes, más gasto, más consumo, más dinero.

A cambio, se produce el obligado desplazamiento social de la población nativa hacia los extrarradios, empujada por unas subidas de precios marcadas a golpe del superior poder adquisitivo de los visitantes. Es cierto que no todos los turistas son ricos, pero en los pocos días que tienen de vacaciones están dispuestos a quemar hasta el último cartucho para alcanzar ese nuevo santo grial que hoy ilumina la vida de un cada vez más alienado ciudadano medio, que es disfrutar, obtener un placer tan inmediato como efímero.

El resultado lo estamos viendo todo los días en nuestra ciudad. Las viviendas habituales en el casco urbano desaparecen y mutan en apartamentos turísticos, los vecinos emigran hacia el extrarradio empujados por un ejército de foráneos uniformados con camiseta, bermudas y chanclas que arrastran sus ruidosas maletas con ruedecitas por los suelos empedrados del Casco Antiguo. Las pocas edificaciones originales que quedan en el centro de la ciudad van cayendo bajo la piqueta turística para acabar convertidas en hoteles "boutique" o apartamentos turísticos que venden su producto a un precio inasumible para la mayor parte de los nativos.

El fenómeno no es nuevo, pero su creciente generalización e intensidad empieza a hacernos dudar sobre las bondades de una actividad económica que produce riqueza mientras crea pobreza, que está reduciendo las ciudades a parques temáticos y que ha contribuido de forma significativa al que es hoy probablemente el mayor problema nacional: el precio de la vivienda.

Sin embargo, renunciar a los ingresos del turismo es tan estúpido como inviable, al igual que resulta imposible poner límite a esa avaricia humana que obliga a subir y subir precios para alcanzar ese inalcanzable "más", en una dinámica que siempre acaba teniendo un desenlace suicida. Porque el turismo como motor económico terminará fracasando; probablemente seguirá siendo un motor, pero con bastantes menos caballos.

En un mundo con la riqueza concentrada en cada vez menos manos y con aumento inexorable de la pobreza, tanto relativa como absoluta, que lleva a la creciente desaparición de las clases medias, el turismo irá perdiendo su carácter general hasta volver a lo que fue en origen, un lujo solo al alcance de determinadas economías, sobre todo para destinos tan limitados como Marbella y otros muchos de costa que tienen en la playa y en la gastronomía sus principales y a veces únicos alicientes.

Como actividad económica de escasísimo valor añadido, el turismo es demasiado débil para ser el único factor de producción de una economía, ya sea local, regional o nacional. Sería conveniente que algún político empezará a mirar un poco más allá del final de su legislatura para buscar la forma de crear o atraer otras actividades productivas de modo que el futuro de la economía local no gire exclusivamente en torno al turismo.

Reposando todo el peso sobre una sola pata, terminaremos cayendo.


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