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Viernes, 27 de Febrero de 2026
Por Fernando Madariaga

Nadie parece capaz de detener el aumento de la fractura entre la clase política española y la realidad de los ciudadanos, hasta el punto de que día tras día somos más ajenos a lo que sucede en unas cámaras parlamentarias que no sentimos que nos representen.

Cada vez tiene menos que ver lo que se discute en el Congreso con los problemas de los españoles, una ruptura consecuente con la vergonzosa degradación del debate parlamentario.

En realidad, el debate se extinguió hace ya años y ha sido sustituido por un intercambio de insultos y descalificaciones con el único objetivo de mantenerse en el poder, unos, o de acceder a él, otros. Nuestra clase política demuestra tal ausencia de interés por hacer el trabajo por el que tan generosamente les pagamos que ha logrado que nosotros, la gente, sigamos nuestro propio camino, construyendo nuestra realidad, paralela a la de esa oligarquía política. Y aunque es cierto que en ocasiones, tangencial y esporádicamente, ambas líneas se rozan, los que vivimos en el mundo de verdad procuramos que sea lo menos posible.

Hasta las votaciones, que son el principal roce inevitable, han perdido valor, devaluando también al sufragio como derecho individual que era expresión de la soberanía popular. La desafección ciudadana hacia la participación en los mecanismos de la democracia responde al convencimiento de que esos mecanismos son ya insuficientes para mejorar las cosas.

La llamada “aritmética electoral”, corrupción y fraude de ley en realidad, ha reducido las elecciones a un zoco moruno en el que los cargos electos compran y venden los votos soberanos hasta el punto de terminar en una situación como la que vive ahora España, donde gobiernan de facto partido minoritarios, secesionistas y, por tanto, inconstitucionales, que tienen sometido al socio mayoritario que ni tan siquiera es el que ganó las elecciones. Todo ello bajo la batuta de un huido de la justicia.

Esa España que intenta sobrevivir a pesar de sus políticos, ve cada día la realidad de las élites sumidas en un mundo de corrupción y criminalidad en el que se desenvuelven manifiestamente cómodos, absolutamente ajenos al reproche social, arrogantemente conscientes de su impunidad.

La degradación es tal que a nuestros representantes ni tan siquiera les preocupa mentir a pesar de ser conscientes de que la gente sabe que están mintiendo, incluso que les desprecian. Ya no importa que un cargo electo no diga la verdad o que incumpla el contrato electoral que firmó con los ciudadanos, la corrupción de la naturaleza del voto y su mercadeo poselectoral hace mucho más difícil expulsar al no elegido y que se cumpla la voluntad popular.

Y aún los muy necios se preguntan qué está provocando el amenazante resurgir de la “extrema derecha”. La decepción estúpidos, la decepción.


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