Qué malito me he puesto por comerme una pizza congelada, que yo pensé que había cogido el ébola hasta que vi una alcaparra y varias anchoas en ese tsunami incontrolado que me se salía por todos sitios, y todos sabemos que ni el ébola ni la fiebre de Marburgo llevan alcaparras, y aún menos anchoas.
La verdad es que pequé de imprudente porque debí empezar a desconfiar cuando vi que la caja de la pizza venía en latín y que sorteaban dos entradas para ver los combates de gladiadores en el Coliseo.
Nada más comérmela, no noté nada raro, hice lo de siempre, un zapping intenso buscando alguna peli de Kirguistán en versión original con subtítulos en uzbeko, las mejores para la autoestima, que cuando has terminado de verla te das cuenta de que no eres el fracasado que pareces. Y entonces, empecé a oír extraños ruidos procedentes de mi barriga que me preocuparon hasta el punto de decirle a mi estómago, “Alien, si eres tú, no vayas a salir por ahí que lo vas a poner todo perdido. Espérate a que vayamos al cuarto de baño y hagamos las cosas civilizadamente”. Jamás debí coger una pizza puttanesca, si es que con ese nombre la cosa tenía que salir mal.
Entonces llegó lo peor, esas tripas que se ponen a correr por su cuenta mientras uno intenta llegar al baño con la mínima dignidad. Ya saben lo que sucede entonces, cuando entre lagrimones y sudores fríos, retorcido en tu propia tragedia, vas andando como Chiquito de la Calzada hacia el servicio y el pasillo se va alargando y alargando, y cuanto más caminas, más lejos está la puerta mientras de fondo suena el Réquiem de Mozart.
Cuando finalmente logras llegar a la meta con ese apretón incuestionable, te percibes que el inodoro se hace cada vez más pequeño y cuesta acertar dónde sentarse antes de que estalle la tormenta, tu propia borrasca Konrad. Y fue en ese momento cuando me di cuenta de que los cuartos de baño tienen un fallo de diseño, deberían tener un segundo inodoro pegado a la pared para cuando el alien que llevas es un caprichoso y prefiere salir por la boca.
Pero ahora, viéndolo ya con la racionalidad distante que otorga el tiempo, me doy cuenta de que las anchoas pegadas en el espejo con trozos de aceituna negra salpicando la obra transmiten un mensaje de serena quietud que invita a la reflexión. No se rían, si lo hiciera Banksy seguro que costaba una pasta.
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