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Martes, 17 de Febrero de 2026
Por Fernando Madariaga

Prohibir por ley las redes sociales a los menores de 16 años, como ha anunciado Pedro Sánchez, ya no servirá de nada. Pudo servir en sus orígenes, cuando todavía se trataba de un fenómeno incipiente que era desconocido para casi todos esos jóvenes. Ahora es demasiado tarde, muchos de los usuarios se han convertido ya en adictos, la mayoría ni tan siquiera lo sabe, y no afecta únicamente a los menores de 16.

Personalmente siempre he creído que las redes sociales han sido una mala idea y desde que nacieron a finales de los 90 las vi con desconfianza, la misma con la que veo hoy la inteligencia artificial.

Hablamos de una herramienta a través de la que constantemente estás entregando información sobre tu vida privada, de tu intimidad, a una audiencia tan global como desconocida sin que exista control ni regulación alguna; un canal abierto en el que cualquiera puede publicar lo que quiera sobre quien quiera sin límite alguno, no puede terminar bien.

Los menores de 16 años son probablemente los más perjudicados al ser los más vulnerables, pero los adultos no escapan a los efectos de las redes sociales. En muchas ocasiones se apela a las libertades de expresión y de opinión para defender la total ausencia de control sobre ellas, argumento tan simplista como falso pues ni los medios de comunicación profesionales pueden publicar lo que les dé la gana sin necesidad de probarlo. Existen artículos en el Código Penal que castigan a los periodistas que mienten o que, sencillamente, se equivocan. Sin embargo, cualquiera, con o sin conocimiento, con o sin buena fe, con o sin razón, puede publicar en las redes sociales lo que quiera sobre quien quiera quedando en casi todas las ocasiones impune. Malas críticas en redes sociales pueden hundir un negocio aunque no tengamos ni idea de quién opina ni de su motivación.

Esas redes han demostrado ya su peligrosidad al ser utilizadas como instrumentos de tortura capaces de forzar a un menor a suicidarse o a someterse a retos mortales con tal de lograr atención de su audiencia. Si para conducir un vehículo hace falta el engorroso y caro proceso de sacarse un carnet, ¿por qué los padres regalan a sus hijos un arma cargada?

Y es por esta razón por lo que la futura ley que prepara el Gobierno no funcionará. Los menores encontrarán la forma de sortear la prohibición, empezando por el irresuelto problema técnico de determinar la edad del usuario de un terminal sin violar la Ley de Protección de Datos. En la mayor parte de los casos es posible, como vemos con frecuencia, que la mayoría de esos menores utilicen los móviles de sus padres o de otros familiares para acceder libremente a las redes y a internet.

Darle a los bebés que están en el carrito el móvil de papá o de mamá para que no molesten mientras comen en un restaurante es una imagen que seguramente nos suena a todos y adultos sentados en torno a la misma mesa, cada uno absorto en la pantalla de su teléfono o tecleando compulsivamente, tampoco es algo que nos resulte extraño. Los mismos gobernantes que ahora intentan ponerle puertas al campo gobiernan a través de las redes sociales.

Somos conscientes de que si existiese la posibilidad de suprimir totalmente el tráfico de drogas de un día para otro, lo único que haríamos sería agravar el problema y, probablemente, convertiríamos las calles en campos de batalla. Unos adictos a los que hemos acostumbrado a su dosis diaria de redes sociales no van a renunciar a ella por una prohibición. El Gobierno vuelve a equivocarse.


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