Cuando desde un país extranjero se asaltan nuestras fronteras de manera multitudinaria y con la total aquiescencia del Gobierno del país agresor, el problema que tenemos no es de inmigración irregular.
Considerar la invasión en Ceuta como una cuestión migratoria es tan ridículo como calificar de inmigrantes irregulares a las tropas rusas que ocuparon Ucrania. Una tomadura de pelo.
En Marruecos, una monarquía absolutista blindada por un aparato de seguridad que conoce hasta cómo respira el último de los ciudadanos, el asalto a Ceuta, al igual que la vez anterior, es una maniobra organizada, concertada y animada por las mismas autoridades que no han hecho el más mínimo esfuerzo por impedir la violación ilegal de la frontera.
A Mohamed VI le importa un rábano que se le escape la gente del país en el que reina, ni la imagen internacional de subdesarrollo que transmite Marruecos cuando aparecen en televisión sus nacionales recién llegados a nuestro país diciendo que han venido a buscar empleo y un futuro porque en su país de origen no lo hay.
Las autoridades marroquíes no solo utilizan a sus propios ciudadanos como un arma de guerra, sin importarles cuantos de ellos dejan la vida por el camino, sino que además aprovechan para hacer limpieza en casa y, como ya hemos comprobado, no animan a sus élites a abandonar el país. No hace falta ser muy observador para comprobar a quién está expulsando nuestro vecino de su territorio, la inmensa mayoría hombres jóvenes -mujeres pocas, familias menos aún- sin experiencia, sin preparación y sin que podamos disponer de información alguna sobre a quién estamos metiendo en casa, empezando por los antecedentes penales. Además varios medios de comunicación nacionales informan de que, coincidiendo con el asalto a nuestro territorio, el monarca alauita acaba de indultar a casi 1.800 presos comunes, incluidos terroristas condenados a muerte, lo que nos obliga a plantearnos la posibilidad de que muchos de ellos puedan pretender llegar a España.
El alarmante índice de delitos comunes cometidos por magrebíes en nuestro territorio en los últimos años, el mismo del que nunca quiere hablar el Gobierno de Pedro Sánchez, es prueba más que suficiente de que este es el particular "marielito" de Mohamed Sexto, cuando en 1980 Castro vació las cárceles enviando a los reclusos entre la masa de migrantes que salían hacia Miami desde el puerto cubano de Mariel.
Los acontecimientos de Ceuta, en definitiva, no son un problema de inmigración irregular sino un problema de seguridad nacional creado por un país extranjero que está atacando nuestra integridad territorial y, por tanto, amenazando nuestra soberanía. Protegernos de esa amenaza es misión, en primer lugar, de las Fuerzas Armadas y no del puñado mal contado de policías y guardias civiles que están allí destinados.
Resulta obvio que, como en anteriores ocasiones, desde el Gobierno central no solo no van a hacer nada para impedirlo sino que, además, es posible que le ofrezcan la nacionalidad a esta nueva horda con la condición de que voten a Sánchez en las próximas generales.
Mientras tanto, los españoles que quedamos seguiremos esperando a que el jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas empiece a hacer su trabajo.
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