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Sábado, 7 de Febrero de 2026
Por Fernando Madariaga

En su huida hacia delante Pedro Sánchez está pegando cañonazos en cualquier dirección que permita desviar la polémica de los múltiples asuntos incómodos que le acosan.

Por esa razón ha embarcado a todo el Gobierno y a su partido en una guerra contra los magnates propietarios de las redes sociales, a los que ya ha concedido condición de casta al calificarlos como “oligarquía tecnológica” o algo similar. También está intensificando sus críticas al presidente de los Estados Unidos, al que no parece perdonar lo de haber secuestrado a Nicolás Maduro truncando la sospechosa relación que nuestro Gobierno mantenía con el régimen venezolano.

Es cierto que todos esos balones fuera no van a evitar lo inevitable, comenzando por el suicidio electoral de su exministra Pilar Alegría como candidata en las elecciones de mañana domingo en Aragón, sin embargo no parece posible, como advirtió el propietario de “X”, Elon Musk, que Sánchez esté intentando silenciar e incluso llegar a controlar lo que se publica en esas redes sociales.

Algo así resulta imposible porque la competencia en lo que afecta a esas redes no es nacional sino de Bruselas y solo China ha logrado con más o menos éxito bloquear todas las redes sociales internacionales usando lo que llaman el “Gran Cortafuegos”; Pekín las ha sustituido por otras creadas en China y controladas por el Gobierno.

Nuestra ministra de Juventud, Sira Rego, quizá en un arrebato de "fervor sanchista", incluso ha planteado lo de prohibir “X” en España, algo que ha sido comentado en los medios de comunicación únicamente como anécdota habida cuenta de la sandez del planteamiento.

Pero, más allá de las mezquindades de la política, el argumento que esgrime nuestro presidente del Gobierno para “asaltar” esas empresas privadas es que las redes de las que son propietarias publican sin control alguno desinformación, propagan noticias falsas y mensajes de odio y violencia.

Que un Gobierno se plantee ese objetivo es lo mismo que pretender controlar y censurar las redes permitiendo únicamente la publicación de “la verdad”, de esa verdad única que solo conocen los déspotas.

Sánchez sabe que su nuevo artificio no deslumbrará más de lo que dure el fogonazo porque es consciente, aunque le duela, de que no tiene poder para derrotar a las redes sociales.

En realidad, es justo al contrario, son los oligarcas tecnodigitales los que tienen poder y dinero de sobra para acabar con nuestro Gobierno sin demasiado esfuerzo. Algo que, a decir verdad, tampoco es tranquilizador.

Sin embargo el argumento del presidente no es válido. Todos los ciudadanos tenemos derecho a que nos engañen, o al menos a que lo intenten, tenemos derecho a creernos lo que queremos creer y, como buenos españoles, a no creernos lo que vaya contra nuestra opinión a pesar de que se trate de algo evidente, y tenemos tanto derecho a ser informados como a ser desinformados. Tenemos derecho a todos esos pequeños detalles que forman parte de la libertad de opinión y del libre albedrío.

La verdad a la que se refieren Pedro Sánchez y todos los demás políticos de todo el mundo no existe, es mentira. No es un concepto absoluto y único, no funciona así.

La verdad real son hechos, datos o imágenes filtrados por los cerebros de individuos condicionados por sus propias circunstancias que interpretan la información recibida hasta conformar su propia verdad.

En consecuencia el error es tan relativo como el propio concepto de verdad. Votamos a partidos diferentes porque queremos creer en verdades diferentes a pesar de que somos plenamente conscientes de que nuestros políticos mienten o, si lo prefieren, su verdad no coincide con la nuestra.

Es el individuo el que tiene que esforzarse para acercarse todo lo posible a esa veracidad objetiva y neutra que debe conducirle a la verdad correcta, que es en sí mismo un concepto inalcanzable. Es el individuo quien debe separar, descartar, asumir, aplaudir o aborrecer lo que se publica en redes sociales para formarse su verdad. No es fácil, es un proceso intelectualmente ingrato y en no pocas ocasiones doloroso porque es parte de la vida.

Lo que pretende Pedro Sánchez es tiranía.


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