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Viernes, 10 de Octubre de 2025
Por Fernando Madariaga

Tal vez Donald Trump tenga razón y nuestro lugar ya no está en la OTAN. Lo de que nos echen de la Alianza no parece posible porque no lo contempla el tratado, aunque sí establece el procedimiento en su artículo 13 para irnos voluntariamente.

Aparte de que molesta ese permanente tono de matón de recreo con el que Trump ejerce el cargo, es necesario bajarle los humos a un tipo que se ha autoelegido presidente del planeta que pretende gobernar con la fórmula de “haces lo que yo diga o te mato”. A veces, aún sabiendo que vas a perder porque tu adversario es mucho más poderoso, vale la pena luchar.

Resultando obvio a estas alturas que la Europa timorata no va a hacer nada que pueda desagradar al presidente de los Estados Unidos y aún menos se va a plantear lo que finalmente sucederá: la necesidad de conformar una defensa europea independiente de los EEUU. Si de algo sirve lo que estamos viviendo es para demostrarnos que Washington ya no es un aliado fiable y que los intereses comunes que nos unieron desde la segunda posguerra mundial han desaparecido; a eso se une la forma de gobernar del inquilino de la Casa Blanca, que va cambiando sus objetivos dependiendo de las circunstancias.

Por otro lado, la relevancia que tiene la OTAN para los intereses de la defensa de España es más que limitada. Nuestras amenazas proceden del sur, donde la Alianza no nos protege, y excluye de las obligaciones de defensa común del artículo 5 del tratado a nuestros territorios en África que son, sin duda alguna, los que más atención precisan. Es bastante improbable que Putin decida invadir España y, ante esta realidad, lo de enviar recursos a países fronterizos con Rusia parece un derroche que unas Fuerza Armadas con recursos limitados como las nuestras no pueden permitirse.

Con las necesidades reales que tiene nuestro país, no podemos, ni debemos, gastarnos un 5% de nuestro PIB en defensa cuando, además, la mayor parte de ese dinero lo gastará la Alianza en defendernos de un enemigo que no tenemos.

Y Donald Trump, un trilero profesional, lo sabe muy bien. Amedrentar a los países de la OTAN para que paguen la defensa de Estados Unidos es solo su habitual estrategia de utilizar la coerción para lograr sus metas, pero la Organización no se creó para proteger a Europa de Rusia sino a Norteamérica, nosotros solo ponemos el campo de batalla. Reforzar la Alianza es reforzar el primer escudo que protege a los EEUU de la amenaza del Este y si, además, nos vamos a gastar la mayor parte de ese 5% en la industria de defensa estadounidense, doble beneficio en la misma jugada para Washington.

España no tiene nada que ver con esos objetivos y, desde luego, nuestra prioridades no coinciden en absoluto con las de Estados Unidos. Estamos a unos 2.860 kilómetros de Rusia y a menos de 10 un continente donde la amenaza yihadista es, desde hace años, una realidad incuestionable; eso sin hablar de la amenaza migratoria irregular, utilizada por gobiernos de países emisores como una forma de invasión silenciosa en la que el enemigo gana territorio financiado con nuestros propios impuestos.

 En realidad, hasta la misma OTAN tiene un problema de identidad que la obligará a cuestionarse su existencia. Su papel de escudo protector de los Estados Unidos pierde cada día más relevancia ante la aparición de nuevas armas que, lanzadas desde cualquier parte del mundo o incluso desde el espacio, no tendrán problema para alcanzar sus objetivos también en cualquier parte del mundo. Hipersónicas, armas orbitando alrededor del planeta, la inteligencia artificial, el mundo electrónico y digital, la guerra cibernética son amenazas que superan a una Organización del Tratado del Atlántico Norte creada en 1949 frente a un enemigo que ya no necesita avanzar físicamente con tropas sobre Europa para conquistar nada.


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