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Domingo, 5 de Octubre de 2025
Por Fernando Madariaga

Europa sigue sin encontrar su sitio en la esfera internacional, dando pasos erráticos ante los diferentes y numerosos problemas que afectan hoy al mundo. A nuestra tradicional actitud timorata se suma ahora el desacuerdo entre los miembros de la Unión Europea (UE) a la hora de fijar una posición común ante cada uno de esos problemas.

Sin duda, el caso del asedio israelí a Gaza es el asunto que provoca mayores discrepancias, obligando a los diferentes gobiernos europeos a hacer ingeniería política para adoptar posiciones que, simultáneamente, parezcan coherentes, no quiebren aún más la débil cohesión de la UE y, sobre todo, no molesten ni a Donald Trump ni al Estado involucrado en el problema, Israel en este caso.

Gran parte de esa debilidad europea, que ya se ha convertido en un mal endémico, tiene su origen en el carácter superviviente de su clase política y, en consecuencia, de sus gobernantes que, cada vez más lejos de plantearse un proyecto que ejecutar durante su legislatura, dedican todo su esfuerzo a mantenerse en el poder intentando no molestar a nadie que pueda amenazar sus privilegios, ni cometer cualquier error que desate la ira popular. Por esa razón, el principal objetivo de los europolíticos es permanecer sin hacer.

De ahí que, en la actualidad, cualquier paso de Bruselas dependa del que previamente dé Donald Trump. La inexistente posición de la UE, ni de la OTAN, ante la masacre de Gaza es la mejor prueba de que hoy Europa no somos más que un grupo de bocazas meapilas que nos saltamos nuestros propios principios cuando conviene.

Algo que nos sucede también con Rusia, a la que vamos imponiendo aquellos paquetes de sanciones que no nos complican demasiado la vida, mientras le compramos el gas para que Vadímir Putin pueda pagarse la guerra contra Ucrania. Al fin y al cabo, nuestros políticos son solo reflejo de sus votantes; somos los que nos indignamos ante las injusticias pero también los que no estamos dispuestos a soportar restricciones de energía. Nuestros políticos son conscientes de que el nulo nivel de sacrificio del votante obliga a no incomodarle si pretende perpetuarse en el cargo.

La Europa que hemos construido, a pesar de que la mayoría de los ciudadanos no lo reconozca, solo es solidaria “de postureo”, de actuaciones diseñadas para no provocar otro efecto que la promoción de los que participan en ellas, la flotilla que ha viajado a Gaza para salir en todas las televisiones es una buena muestra de ello. No existe solidaridad real sin compromiso y resulta obvio que el único compromiso que ha adquirido la UE es el de no asumir ninguno que nos saque de nuestro círculo de confort.

Y cuando decidimos hacer algo, solemos hacerlo mal, caso de la estúpida pretensión de utilizar los 140.000 millones de euros intervenidos en Europa al Banco Central de Rusia para entregárselo como crédito a Ucrania.

Por suerte, en el Gobierno belga debe quedar alguien con sentido común suficiente como para advertirle a Bruselas que eso supone una confiscación de libro de texto, algo que es manifiestamente ilegal y que terminaría en que la justicia internacional nos obligaría a devolver a Rusia el total más los intereses, pagar las costas judiciales y una indemnización millonaria.

En fin, mejor seguimos siendo los mojigatos que somos. Es más barato.


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