Desde luego, tras ver y oír al presidente de los Estados Unidos, Donad Trump, en la Asamblea General de Naciones Unidas, lo único que queda claro es que no pasará a los anales de la historia por la brillantez de su discurso.
Como en tantas otras ocasiones, su intervención ayer martes ante el pleno se redujo a otra retahíla de medias verdades, manifiestas mentiras, elucubraciones inexplicadas e inexplicables y, por supuesto, descalificaciones a todo hijo de vecino que no comulgue con él. También repitió sus habituales “autohalagos” jactándose de una serie de logros que solo sigue viendo él.
Todo ello pasando por alto el cómico espectáculo de culpar a la ONU de que se detuviera la escalera mecánica en la que subía con su esposa Melania a la sala donde se celebraba la Asamblea y de amenazar al culpable de que su telepronter se averiara. Por cierto, horas después la sede de Naciones Unidas en Nueva york aclaró que ambos incidentes fueron responsabilidad del personal del propio Trump.
No obstante, más allá de las habituales payasadas a las que nos tiene acostumbrados el presidente norteamericano, quizá lo único importante de su discurso, aunque tan incoherente como el resto, fueron las descalificaciones hacia la ONU y las críticas por la supuesta falta de eficacia y por la ineptitud de la Organización.
Aunque es una opinión bastante extendida entre quienes no saben que existe el Derecho Internacional Público, ese nivel de ignorancia es disculpable en el ciudadano normal y corriente, aunque imperdonable para un jefe de gobierno y aún más en el caso del presidente de la mayor potencia del planeta.
El fracaso o el éxito de la Organización de las Naciones Unidas es solo el reflejo del fracaso o del éxito del conjunto de los Estados miembros. Desde su constitución en 1945, la ONU no tiene más facultades, más poder, que aquel que le conceden sus miembros que, siempre reacios a la hora de ceder parcelas de su soberanía, crearon, creamos, una organización mundial para evitar el desastre y luego la atamos de pies y manos para dejar el control de lo que puede y no puede hacer a un puñado de Estados que utilizan ese poder en beneficio de sus propios intereses. Naciones Unidas nació para preocuparse por la Humanidad, el Consejo de Seguridad para hacerlo únicamente por los intereses de sus cinco miembros.
Parece mentira que nadie haya explicado este principio tan básico a Donald Trump, más aún cuando es precisamente Estados Unidos el país que actualmente mejor documenta las limitaciones de la ONU al vetar en el Consejo de Seguridad la posibilidad de una resolución que presione a Israel para acabar con el genocidio en Gaza.
Porque es ese derecho de veto que tienen los cinco miembros permanentes del Consejo el que condena a Naciones Unidas a la inoperancia y, teniendo en cuenta que esos cinco países son los más importantes del planeta, el resultado natural es que bloqueen cualquier intento de la ONU a la hora de tomar una decisión que les afecte.
De hecho, comprobamos que Naciones Unidas ha funcionado bastante bien cuando se trata de resolver conflictos y problemas que no perjudiquen o interesen a los “cinco grandes”. Al igual que le pasa a las instituciones de la justicia internacional, la Organización resulta sumamente eficaz ante los débiles y absolutamente inútil frente a los fuertes y arrogantes.
La ONU nació condenada a no poder hacer casi nada relevante. Y precisamente por esto, Donald Trump no está moralmente autorizado a cuestionar la utilidad de las Naciones Unidas.
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