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La conciliación no existe

Opinión

Domingo, 21 de Septiembre de 2025
Por Fernando Madariaga

El estudio 'El estado de la maternidad en Europa 2024' hecho público esta semana revela que las madres españolas son las que padecen un mayor nivel de ansiedad y de agotamiento mental de Europa. El cuidado de los hijos es el principal motivo.

Tanto el mencionado estudio como los medios de comunicación que se han hecho eco del mismo se han enredado en repetir lo de las deficiencias en la conciliación, la desigualdad en derechos y obligaciones en la pareja, las tareas domésticas y lo de la rigidez de los horarios en el trabajo. En definitiva, incidir en la victimización de la mujer como argumento para que el dinero público siga lloviendo sobre todos esos listos que han sabido alimentar un problema para luego vivir cómodamente de él.

Apelar de modo recurrente a la necesidad de mejorar la conciliación y de que las madres puedan trabajar cuando mejor les venga mientras el empresario cubre los gastos, no es solo una fantasía, es una estupidez. Al igual que lo es el cansino argumento de que la mujer tiene derecho a desarrollar plenamente su vida profesional a pesar de ser madres.

Pues es mentira, no tiene ese derecho. Y no lo tiene porque ningún Estado puede conceder o privar de un derecho que solo puede otorgar la naturaleza. Al igual que todos los mamíferos, nuestro ADN nos marca las pautas en nuestra relación con otro ejemplar de la especie, sea en el trabajo, en familia o en el ocio. Por muchas tonterías que invente este agobiante progresismo simplón que padecemos, nuestros roles en la sociedad no van a cambiar, sencillamente porque, al igual que cualquier mamífero, está en nuestros genes.

Si las hembras de otras especies pudieran entenderse con las humanas, es seguro que compartirían los mismos problemas, y los machos también. Las funciones de unos y otros siempre serán diferentes en un grupo familiar.

Pero el reverencial miedo a romper los dogmas de la corrección política hace que nadie sea capaz de admitir públicamente que la conciliación no existe. No se puede llevar una vida profesional plena cuidando de niños pequeños.

Más aún, hasta resulta muy complicado compatibilizar esa trayectoria profesional intensa e incesante con una relación de pareja estable, excluyendo por supuesto esos reportajes de superwomen, mujeres profesionalmente triunfadoras, parejas perfectas, madres insuperables, grandes demócratas y deportistas envidiables que tanto gustan a las revistas femeninas y que siempre hay que leer como mero entretenimiento al no saber en realidad cuántas Alicias caben en un solo “país de las maravillas”.

Sin embargo, para la trabajadora normal y corriente que no sale en el papel couché ni tiene obligación de vender una imagen de mentira por cumplir con un partido político, la vida como madre es realizar una carrera de obstáculos de forma simultánea en diferentes pistas. Lamento decirles que la realidad, la vida y la naturaleza nos enseñan que no llegará victoriosa a la meta en todas ellas. No es viable ser a la vez la madre perfecta, la profesional perfecta, la pareja perfecta y la amiga perfecta. Sencillamente no hay tiempo para todo.

Actualmente, por el estilo de vida que nos han impuesto, ya es un logro alcanzar todas esas metas como se pueda, por supuesto llevándose por delante varios obstáculos en el recorrido que se traducen en despidos, divorcios, pérdidas de amistades y hasta rupturas con hijos.

Pretender que el empresario pague la educación de los que no son sus hijos financiando para sus empleadas-madres unos horarios que les vengan bien independientemente de los intereses de la empresa que les paga el sueldo, solo lleva a lo que ya ha conseguido nuestro Gobierno en España: limitar las posibilidades profesionales de muchas mujeres y limitar su labor como madres.

Igual y obviamente, los hombres tenemos nuestras limitaciones, no son las mismas, pero son limitaciones y también están impresas en nuestro ADN. Y, de la misma forma, cuando intentamos ser profesionales plenos, maridos plenos y padres plenos, solemos terminar haciendo las tres cosas de manera mediocre.

Pero por mucho interés que pongan gobiernos como el nuestro en grabarnos a fuego el discurso de la desigualdad entre sexos, por muchas prohibiciones y leyes que promulguen para tratar de imponer una igualdad de laboratorio, no funcionará. No somos iguales, por algo la naturaleza ha marcado dos géneros diferentes, pero complementarios y necesarios para evitar la extinción.

La intención constante del poder político de presentar la relación entre géneros como un enfrentamiento entre el macho opresor y la hembra subyugada solo es útil para dar de comer a todos esos parásitos que han visto en el asunto una posibilidad de negocio.


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