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Movilidad del siglo XIX

Opinión

Domingo, 7 de Septiembre de 2025
Por Fernando Madariaga

El esquizofrénico discurso de todas las administraciones españolas acerca de la movilidad, sobre todo la urbana, continúa dando el tradicional resultado de un modelo tercermundista en el que se apuesta sin reservas a favor de un vehículo privado caro, sucio, grande y pesado que es ocupado por una media nacional de 1,7 personas, circulando por vías que se saturan con facilidad provocando perdidas millonarias en tiempo y combustible malgastado.

Nuestra forma de movernos continúa siendo anacrónica, propia de finales del siglo XIX, de hecho el modelo de movilidad apenas ha cambiado desde entonces, sin que debamos confundir que los coches sean más sofisticados y tengan más botones con el hecho de que continuamos utilizando un motor de explosión altamente contaminante o una batería de litio, aún más contaminante, para desplazar una masa de metal y plástico que pesa más de una tonelada para trasladar un peso de menos de 200 kilos. El planteamiento es tan primitivo que podría haber sido descubierto en Atapuerca.

Con esas premisas, que condenan al fracaso cualquier intento de vertebrar un servicio de transporte público eficaz en superficie, nuestra ciudad, Marbella, se convierte en un prototipo de lo que se debe hacer para que la movilidad de un municipio no funcione. Los que utilizamos el transporte público buscando el modo más coherente de desplazarnos, somos tal vez los más conscientes de las deficiencias de este modelo porque solemos ser sus principales víctimas.

En una ciudad estirada unos 25 kilómetros a lo largo de la costa, con una anchura de unos 5 kilómetros, una población censada de algo más de 149.000 personas, aunque la real seguramente doble esa cifra y con puntos estacionales en que ese número se multiplica por dos o por tres, el modelo de movilidad por el que se han decantado todas las administraciones locales ha sido el del imperio del vehículo privado, justamente el menos viable.

No es casualidad que en la arteria principal de la ciudad la temporización semafórica esté pensada para que el peatón tenga que cruzar casi a la carrera (no llega a 30 segundos) mientras los coches disponen de más de minuto y medio para circular. Tampoco lo es que en un Casco Antiguo que debería ser únicamente peatonal, tengamos que caminar en fila india por aceras de un tamaño ridículo mientras el coche se queda con más de las dos terceras partes de las calles. Aunque mejor es aún el caso de las calles “de preferencia peatonal”, que parecen las preferidas por muchos conductores para circular a toda velocidad mientras el Ayuntamiento sigue haciendo oídos sordos a la necesidad de colocar un radar u otros elementos para evitar que en Marbella ser peatón resulte casi suicida.

En lo que respecta al otro jugador de la partida, el transporte público, como es habitual, llega tarde o, si hay suerte y llega, puede que lleve el desesperante cartel de “completo”, como nos ha pasado a todos los usuarios en las llamadas “horas puntas” que en Marbella resultan bastante lights comparadas con las de otras ciudades con similar número de habitantes.

La realidad es que el transporte público en la ciudad va de mal en peor, resultado lógico cuando un servicio público inevitablemente deficitario se entrega a una empresa privada para que haga negocio. Más aún cuando todavía arrastramos viejos prejuicios clasistas que consideran al autobús como el medio de transporte de los que no pueden permitirse un coche, de pobres en definitiva. Viajar en el metro de Nueva York es “chic”, hacerlo en nuestro servicio público, lo contrario. Si ser un enano mental fuera delito, en este país nos faltarían cárceles.

Habrá que seguir esperando a que lleguen unos gobernantes con mentalidad del siglo XXI que no estén tan rendidos a satisfacer los intereses de una empresa privada.


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