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Sábado, 7 de Junio de 2025
Por Fernando Madariaga

Desde las páginas de diferentes publicaciones llevo años advirtiendo de que el principal problema que tiene España no es la vivienda, el empleo, la inmigración irregular o los precios, sino la corrupción.

Pero sería de necios pensar que la obvia corrupción estructural de nuestro sistema político está en el origen de todos los demás males que nos aquejan. La corrupción política que infecta a los principales partidos españoles no es la causa sino, únicamente, una consecuencia más de un cáncer que tiene su origen en la excesiva concentración de poder económico en cada vez menos manos.

Un proceso que, en mi opinión y como ya he comentado en otras ocasiones, comenzó en los 80 con la privatización del conglomerado de empresas públicas, tanto del Instituto Nacional de Industria (INI) como de las que eran monopolios del Estado (Telefónica, Campsa, Tabacalera, Iberia y Aena, que de facto todavía lo es).

Felipe González descubrió el negociete, consistente en privatizar estos conglomerados empresariales vendiéndolos por precios ficticios a gente o empresas cercanas a los intereses de su partido. Tras él, José María Aznar no solo recorrió esa misma senda sino que la convirtió en una autopista de cuatro carriles. Se forjaba así el inicial y fatal nexo entre el dinero y los dos grandes partidos políticos de España.

Nexo que se ha convertido con los años en una relación que está resultando devastadora para el ciudadano y para nuestra democracia, sobre todo desde el nacimiento en 1992 del Ibex-35, donde residen los grandes capitales del país.

A eso hay que sumarle la llegada a España de fondos de inversión, tanto nacionales como extranjeros, que han seguido reforzando su capacidad económica hasta el punto de poder comprar varias veces a todos los políticos del planeta y luego aplicarles un ERE.

Con aquellos gobiernos de Felipe González, políticos tanto del PSOE como del PP empezaron a codearse con los económicamente poderosos y olvidaron que tratarse con ellos no significa ser uno de ellos, que los Falcon, los "Audis" blindados, residencias de lujo y todo el oropel que acompaña al cargo público no son en propiedad. Se trata solo de herramientas o privilegios que duran lo mismo que el empleo.

Sobre todos ellos pendía, a modo de Espada de Damocles, una urna que cada pocos años podía volver a convertir la carroza en calabaza. Y cuando Cenicienta ha probado lo de viajar en carroza, no está dispuesta a volver a subirse en una calabaza.

En poco tiempo, el fruto de esa relación tóxica entre el dinero y la política convirtió a esos grandes partidos políticos en megaorganizaciones, corporaciones en realidad que ni remotamente podían cubrir gastos con el dinero público que les correspondía y aún menos con las cuotas del escaso número de afiliados.

Mantener el multimillonario coste de esos partidos y de la nómina que implica el pago de favores, servidumbres, cargos de confianza, gente cercana a la causa o al líder de turno, convirtió a esas organizaciones en muy vulnerables ante personas y empresas para las que no representaba problema alguno comprar favores del poder político.

Desde aquellos años 80, la infección se extendió hasta convertirse en la gangrena que hoy pudre toda las estructura de nuestro sistema político, económico, legislativo y judicial.

Sánchez, Ábalos, Bárcenas, Koldo, Aldama, la Gürtel, Leire y todos los demás no son causas, son solo la consecuencia.


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