Nuestro sistema no es tan flexible, terminará rompiéndose si continuamos con la actual dinámica de no respetar unas mínimas normas de juego que permitan al menos una coexistencia viable, porque lo de la convivencia pacífica ya no es posible, una vez rota no puede arreglarse con pegamento.
El orden institucionalizado para garantizar esa coexistencia viable está diseñado para tener cierto grado de resiliencia, de capacidad para deformarse adaptándose al ser golpeado o presionado y volver a su posición natural cuando cese la acción de ese factor externo. Sin embargo, la presión que se está ejerciendo sobre ese orden es cada vez mayor y amenaza con terminar fracturándolo, ningún material aguanta eternamente.
En este planeta hay ahora mismo demasiados fanfarrones, sinvergüenzas y descerebrados gobernando en países muy relevantes que, con sus excesos, están sometiendo a nuestro orden a un sobresfuerzo de adaptación a sus excesos que lo está conduciendo al agotamiento.
Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu, Recep Tayyip Erdogan, nuestro inevitable Pedro Sánchez y algunos otros líderes han desdibujado los sistemas políticos de sus respectivos países para dejar de gobernar como presidentes y hacerlo como emperadores. Cada vez son más el número de normas básicas de convivencia que son violadas por esos líderes con absoluta tranquilidad y, por el momento, con absoluta impunidad.
De esas reglas de juego se ha roto la que prohibía atacar a civiles desarmados en un conflicto bélico. Hasta hace muy pocos años, los responsables militares y políticos que violaban este principio de convivencia podían terminar ante un tribunal internacional, como sucedió tras la guerra en la antigua Yugoslavia con los serbios Radovan Karadzic y Ratko Mladic. Es cierto que la justicia internacional no ha funcionado igual para todos, pero al menos ha funcionado algo.
Hoy, procesados por la Corte Penal Internacional como Putin o Netanyahu se permiten viajar a otros países donde no son arrestados a pesar de estar legalmente obligados a hacerlo, precisamente es Estados Unidos el caso más doloroso al haber recibido en dos ocasiones al primer ministro israelí, aunque es cierto que la Casa Blanca nunca ha reconocido la autoridad de ese tribunal internacional.
En Ucrania, Rusia, Gaza, Irán o Israel, los bombardeos sobre infraestructuras civiles como hospitales, escuelas, mercados o edificios de viviendas ya ni tan siquiera nos sorprenden. El Gobierno israelí utiliza públicamente el hambre para doblegar a la población civil palestina, lo que ha conducido a imágenes de menores famélicos similares a las que todos conocemos de niños judío en los campos de concentración nazis. Amarga ironía.
La violación de las leyes de la guerra se han normalizado tanto que ya solo son perseguidos sus autores cuando pertenecen a un país subdesarrollado o irrelevante.
De igual forma, por pura repetición, la ciudadanía a nivel planetario ha aceptado la corrupción política como un mal inevitable en el convencimiento de dos máximas falsas: que nosotros, el pueblo, no puede hacer nada para impedirlo y que da igual al líder que votemos porque todos son corruptos o corrompibles.
Ese doble convencimiento, somete a nuestro sistema de coexistencia a un estrés insoportable que se suma al que ya provoca sobre nuestro orden la depreciación democrática que produce el hecho de que cada vez más presidentes ejerzan como emperadores. Pedro Sánchez es el mejor ejemplo de hasta qué punto la corrupción política se ha convertido en algo tan normalizado que hasta su propio partido la admite a pesar de que la mayoría de los socialistas abominan de ella. Pero el poder del emperador es total y solo cabe fidelidad o destierro.
Con este panorama, nuestro sistema de convivencia a nivel planetario, no sobrevivirá.
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