Continúa abierta la consulta popular convocada por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre si se debe dar luz verde a la opa planteada por el BBVA al Sabadell y aunque es cierto que su resultado no es vinculante para el Gobierno, al menos servirá para que los españoles podamos ejercer nuestro tradicional derecho al pataleo.
También es cierto, como dice una parte del espectro político, que Sánchez puede utilizar la iniciativa como una coartada para poder señalar a la opinión pública como responsable del sentido de su decisión. Sin embargo, e independientemente de lo que el presidente pretenda, por una vez permite al ignorado ciudadano medio dar su opinión en un asunto que es mucho más preocupante de lo que la mayor parte de la población cree y que, desde luego, nos afecta a todos, no solo a los accionistas y clientes de los bancos implicados.
En mi caso, he aprovechado la oportunidad y he rellenado el cuestionario que se puede encontrar en este enlace dentro de la web del Ministerio de Economía hasta el próximo viernes. Y no, no estoy de acuerdo con la opinión mayoritaria sobre la inutilidad del esfuerzo. Los españoles siempre hemos sido demasiado propensos a quejarnos en el bar, elevando incluso el tono de voz para mostrar mayor indignación, lo que sí es una auténtica pérdida de tiempo, y muy poco dados a ponerlo por escrito, que es lo único realmente eficaz; mucho o poco, pero eficaz.
Si “el príncipe” ha tenido a bien preguntar en esta ocasión a sus siervos es porque tiene miedo. Teme que si decide en un sentido ofenderá a la todopoderosa banca española o, caso contrario, a la mayor parte de su electorado y a sus socios de gobierno. Lo de ir de “progre” y apoyar la concentración bancaria no casa demasiado bien, claro que tampoco lo hace lo de apoyar un rearme multimillonario y fíjense dónde estamos.
Porque de eso va esta opa, de permitir una mayor concentración del devastador poder de la banca, haciendo así más sólida su tiranía económica y reforzando su función parasitaria sobre la inmensa mayoría de las familias españolas. No hay que olvidar que el problema no es exclusivamente español, la concentración del poder bancario cada vez en menos manos es uno de los objetivos de las autoridades europeas. Probablemente con el fin no confesado de que, al final, solo queden dos grandes entidades -una que financie a la derecha y otra a la izquierda- que puedan repartirse más beneficios fabricando más pobres.
La banca privada ya gobierna sobre los gobiernos en gran parte de la UE y desde luego lo hace en España sin necesidad de disimularlo. ¿De verdad queremos ampliar su poder y su capacidad para condicionar las decisiones de los futuros gobernantes?
Al igual que no es bueno que el poder del crimen organizado se concentre en menos manos o que los cárteles de la droga sumen sus recursos y esfuerzos, tampoco lo es que quienes detentan el oligopolio del dinero se sienten en la misma mesa hasta convertirse en un monopolio privado.
La banca española, y probablemente toda la europea, ha reducido la libertad de mercado a un chiste, convirtiéndose en un oligopolio fáctico en el que la competencia es tan limitada que el cliente bancario no tiene siquiera la oportunidad de elegir la opción menos mala. Sin olvidar que este reducido grupo de capitales privados también ha logrado convertir su producto en un servicio esencial y básico a la vez que ha expulsado del sector cualquier iniciativa pública que pueda quitarles clientes. Una banca pública es algo que este grupo de señores feudales y la clase política que les sirve jamás permitirán.
Contar ante una cerveza el vergonzoso maltrato al que te somete tu banco a pesar de que eres cliente desde que hiciste la Primera Comunión, solo sirve para animar a tu úlcera de estómago.
Ponerlo por escrito y firmarlo es la única arma que le queda al ciudadano, las raras veces que “el príncipe” realiza esa graciosa concesión. Esta vez lo ha hecho, aprovéchalo porque aunque creas que no sirve para nada, sirve.
Revoluciones mucho más grandes comenzaron con una chispa más pequeña.
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