Torpeza de libro de texto ha demostrado la Oficina Federal para la Protección de la Constitución de Alemania al calificar oficialmente como “organización de extrema derecha” al partido Alternativa para Alemania (AfD), que implica reforzar el cortafuegos establecido por todas las demás formaciones para aislar a la AfD e impedir que participe en la política nacional.
Lo sorprendente es que esos partidos del arco parlamentario alemán y la propia Oficina Federal no hayan aprendido de lo que ha sucedido ante sus ojos: En los últimos cuatro años, Altenativa ha duplicado su número de votos. La AfD ha ido ganando apoyo, y por tanto fuerza, en la misma medida en que se intensificaba el bloqueo de las demás formaciones contra ella.
En las primeras elecciones federales a las que se presentó el partido en 2013 no alcanzo el 5% de los votos necesarios para entrar en el Parlamento. En las del pasado mes de febrero consiguió 10.327.148 votos, lo que supone un 20,8% del electorado, convirtiéndose en el segundo partido más votado del país, tras la CDU/CSU y desplazando al SPD a tercera posición. No hace falta ser muy listo para sacar conclusiones.
Por eso sorprende que el Gobierno y el Bundestag (Parlamento alemán) continúen con la estrategia de tratar de expulsar del sistema al estigmatizado partido a pesar de estar consiguiendo justo el efecto contrario.
Y lo curioso de esta torpeza es que se está convirtiendo en un clásico a nivel europeo. En España, el antidemocrático “cordón sanitario” impuesto a Vox por las formaciones que se autocalifican como “progresistas” ha tenido el mismo resultado que en Alemania, proyectar al partido y ahorrarle la campaña electoral; hasta el punto de que, a día de hoy, lo mejor que pueden hacer las despectivamente calificadas como formaciones “populistas” es cerrar la boca y dejar que los “progresistas” les sigan sumando intención de voto.
Tras estos hechos que son tan objetivos como obvios, conviene ahora aplicar el siempre escaso sentido común para preguntarse qué es lo que esos grandes partidos que se consideran progresistas y democráticos están haciendo tan bien como para que esa mal llamada “extrema derecha” gane cada vez más elecciones en más países de Europa.
Por último, si el nuevo canciller pretende gobernar ignorando a más de diez millones de alemanes hay dos cosas seguras que van a suceder. La primera es que su legislatura se convertirá en un calvario y, la segunda, es que AfD seguirá creciendo.
No estaría de más que nuestros grandes progres y demócratas aprovecharan la experiencia alemana para no seguir cometiendo el mismo error.
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