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Sábado, 28 de Diciembre de 2024
Por Fernando Madariaga

Todos los gobiernos occidentales han expresado su deseo y esperanza de que el nuevo régimen sirio se decante por un sistema democrático en lugar de por un modelo islámico radical tipo Afganistán. Si embargo en no pocas ocasiones me pregunto si no resulta igual de radical lo de aceptar únicamente la democracia como sistema legítimo de gobierno.

En no pocas ocasiones desde la segunda posguerra mundial, los países que se creen democracias han comenzado incluso guerras para imponer a terceros su sistema político. La Cuba de Fidel, la Nicaragua sandinista, Irak, Libia o la misma Afganistán son solo algunos ejemplos de naciones a las que se ha impuesto, o intentado imponer, la democracia manu militari o vía sanciones.

Lo de meternos en casa del vecino bajo la coartada de convertirlos en demócratas recuerda peligrosamente a aquellos tiempos en que los españoles imponíamos nuestra religión a golpe de espada, o cuando los reinos cristianos se pasaban siglos matando sarracenos en Tierra Santa para liberar Jerusalén del dominio infiel pues solo la fe cristiana, que era la democracia de entonces, era la correcta y aceptable.

La verdad es que no hemos cambiado demasiado. Seguimos siendo cruzados, convencidos de que nuestra verdad es “la verdad”, y cuando vemos que los potenciales conversos no quieren convertirse, nos largamos dejando un reguero de cadáveres y un caos peor que el que encontramos al llegar. Igual que dejamos Jerusalén hecha unos zorros hace un puñado de siglos, después hemos repetido la jugada en Irak, Libia o Afganistán, a donde fuimos sin que nadie nos llamara para convertirlos o matarlos.

Lo más curioso es que la mayor parte de los que viven en el paraíso democrático cree de verdad que está en una democracia, que es libre, igual en oportunidades y obligaciones, e incluso que disfruta de ese montón de derechos que la clase política repite machaconamente, conscientes de que sus privilegios solo podrán mantenerse si los gobernados no le ven los hilos a las marionetas.

En nuestro caso, es solo ahora, con los numerosos casos de corrupción que salpican lo público, cuando cada vez más españoles empiezan a preguntarse si una democracia de verdad es posible con cada vez más miembros de las principales instituciones del Estado bajo sospecha de corrupción.

E igualmente obvio es el hecho de que resulta difícil creer que es una democracia un país donde el aumento de la concentración de la riqueza corre paralelo al de la pobreza, con un incremento sostenido de la desigualdad en todos sus aspectos, donde los sueldos se alejan cada vez más de la realidad de los precios y en el que llegar a fin de mes se convierte en un acto heróico para la inmensa mayoría de la población.

A esa realidad hay que añadir otra: la de la deriva totalitaria del poder político, de cualquier signo, que utiliza su capacidad legislativa precisamente para erosionar la democracia y corromper sus principios básicos, limitando incluso libertades como la de expresión y opinión, o estableciendo por decreto ley la censura para los medios críticos con el poder. Una democracia donde se prohibe odiar, admirar a un dictador muerto, ser racista o incluso estar en contra del matrimonio homosexual, no es una democracia.

Y, por una vez, no es solo en España donde se está degradando el sistema democrático, el resto de Europa nos sigue de cerca.

Quizá hemos creado un subgénero, una especie de democracia bananera que se aproxima peligrosamente a la de algunos países tercermundistas en los que el sátrapa fusila a cualquiera que no jalee su "democrático" y carismático liderazgo gracias al cual el país se mantiene en la miseria.

Países tan ricos y desiguales como los nuestros, donde a tantos nos cuesta tanto sobrevivir, no son democracias.


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