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Domingo, 22 de Marzo de 2026
Por Fernando Madariaga

Donald Trump se muestra cada día más errático ante la evolución de los acontecimientos en Irán. A pesar de seguir haciendo el fanfarrón, lo de verse forzado a pedir ayuda a sus aliados para reabrir el Estrecho de Ormuz le debe haber sentado casi tan mal como la negativa de estos a participar en su irracional aventura bélica.

Por una vez Europa se ha puesto de acuerdo sin siquiera esforzarse; la postura común la resumía Kaja Kallas, “ministra” de Exteriores de la Unión Europea (UE), con la frase: “Esta no es la guerra de Europa”. Que ha sido la forma elegante de hacerle una peineta -en su sentido coloquial- al presidente norteamericano por meterse el solito y sin consultar con nadie en ese embolado, a pesar de que fueron muchos los que le recomendaron no hacerlo, incluso varios de sus asesores que, evidentemente, han sido despedidos de manera fulminante por este ególatra enfermizo que no admite que se le contradiga mínimamente.

Hasta desde este pequeño medio de comunicación se le advirtió días antes de cometer el error de que Irán no era Venezuela.

No era necesario ser un experto estratega para comprender que, dadas las circunstancias demográficas, geográficas, sociales y religiosas de Irán, resultaba imposible hacerse con el país sin ocuparlo físicamente, sin una invasión en toda regla. Las bombas pueden hacer más o menos daño, pero no pueden conquistar el territorio.

Más o menos el mismo principio es aplicable para el Estrecho de Ormuz. Irán tiene 3.180 kilómetros de costa, 2.440 de ellos en el Golfo Pérsico, teniendo en cuenta que la costa mediterránea española tiene 1.660 kilómetros, cualquiera puede imaginarse el potencial naval que haría falta para establecer un control eficaz que permita desbloquear el Estrecho de Ormuz. Es más, probablemente ni contando con tamaña fuerza naval se lograría ese objetivo frente a un enemigo que combate desde tierra y en un frente de miles de kilómetros.

Sorprendentemente los gobiernos europeos han actuado con sentido común y se apartan de una guerra que, además de no ser nuestra, no se puede ganar. Seguramente esa sea la razón de que Donald Trump, aunque sea mal y tarde, haya pedido nuestra ayuda. El habitual narcisismo del presidente no se lleva nada bien con lo de perder guerras y habría preferido que fueran sus aliados los derrotados. Parece que esta vez no va a poder ser.

No me equivoqué cuando recomendé evitar el ilegal e innecesario ataque a Irán. Ahora recomendaría al presidente norteamericano que finalice unilateralmente los bombardeos y que emprenda negociaciones con quien quede vivo en Teherán para desescalar progresivamente la situación e intentar volver a la normalidad, que por muy precaria que sea será mejor que la actual situación.

Dicho sin eufemismos, que se retire con un mínimo de dignidad antes de tener que hacerlo sin ella, como sucedió en Afganistán, porque hay algo que está claro, Estados Unidos también va a perder esta guerra. Los iraníes tienen una capacidad de sufrimiento que supera ampliamente a la de la sociedad norteamericana y es así como hoy se ganan las guerras.


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