Estamos embarcados en una segunda carrera espacial dirigida a volver al mismo sitio en el que ya estuvimos en 1969 y, al igual que entonces, el proyecto se ha planteado como una competición en la que los países candidatos recuerdan a aquellos primeros colonos europeos que emigraron a América del Norte, corriendo a lomo de sus caballos para hacerse con la propiedad de una parcela de tierra.
Personalmente no me gusta el programa Artemis que esta madrugada mandará una misión tripulada a orbitar alrededor de la Luna como paso previo a esa fase tres que supondrá volver a pisar nuestro único satélite natural. No me gusta la sensación que tengo de que en la NASA están actuando con cierta precipitación, algo nada habitual en esa agencia, y me da en la nariz que esa premura viene, sino impuesta, al menos animada desde la Casa Blanca, sobre todo conociendo la adicción del actual presidente al protagonismo y su necesidad de ser constantemente adulado por sus logros. Que chinos o rusos pisen antes la Luna es algo que Trump no contempla ni en sus peores pesadillas.
Sin embargo, lo de enviar a cuatro astronautas dentro de la Orion, esa nueva nave espacial que no se ha probado en el espacio, para dar una vuelta de más de 700.000 kilómetros y regresar al punto de partida, suena a cierta improvisación, a un “probemos a ver qué pasa”, saltándose el paso que llevó al espacio a Able, Baker y Ham, los monos “astronautas” que a finales de los años cincuenta precedieron a los humanos por si ese “a ver qué pasa” salía mal. En esta ocasión, la NASA se ha saltado ese paso.
Me parece estúpido cometer los mismos errores del pasado, cuando los proyectos espaciales no eran más que capítulos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Si salimos del planeta deberíamos hacerlo como especie, no como países que corren una maratón científica, tecnológica y presupuestaria para ser el primero en cruzar una meta a la que no deberíamos tener prisa por llegar.
China ya ha aterrizado dos sondas, las Chang'e 4 y 6, en la cara oculta de la Luna y ha hecho pública sus intenciones de terminar construyendo una base con presencia humana permanente en el satélite; Estados Unidos ha planteado el mismo proyecto y es seguro que otros países con capacidad espacial se están planteando el mismo objetivo. Siendo todos de la misma especie y viajando desde el mismo planeta hacia el mismo destino con el mismo objetivo, ¿no resulta más lógico un proyecto conjunto? Imaginen lo que ahorraríamos en dinero, en riesgos y en tiempo si todos esos cerebritos trabajasen juntos.
Desconfío de esa premura por ser los primeros en pisar este satélite muerto porque me huelo que, a continuación, vendrán las primeras reivindicaciones de propiedad de suelo extraterrestre, sobre todo desde que ha trascendido que ese suelo puede ser rico en los llamados materiales raros; lo que conduciría a otra carrera, esta más amplia, alocada e imprudente, para colonizar todo lo colonizable y ser los primeros en pinchar planetas con esta o aquella bandera. Esto, a su vez, provocaría, o provocará, conflictos y, como estamos viendo estos días, esos conflictos suelen traducirse en guerras.
Aunque aún pueda parecer ciencia-ficción, lo cierto es que será el resultado lógico, quizá incluso inevitable, de esta nueva imprudencia humana: Si como especie no somos capaces de convivir en la Tierra, ¿por qué iba a ser diferente en el espacio exterior?
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