Todo parece indicar que, haga lo que haga el régimen de los ayatolláhs, no se va a librar de un inminente bombardeo norteamericano a infraestructuras e instalaciones esenciales sobre territorio iraní.
El presidente norteamericano, Donald Trump, se ha aficionado a ejercer de matón de barrio, amenazando a cualquiera que sea más débil para conseguir lo que quiere y hay que reconocer que hasta el momento le ha funcionado esa política de “obedeces o mueres” propia de todos los sátrapas de la historia, la mayoría de los cuales, por cierto, terminó su existencia de muy mala manera.
Tarde o temprano, en uno de esos bombardeos “quirúrgicos” que suelen dejar decenas de muertos, algo no saldrá según lo planeado y habrá un desenlace trágico para personal militar norteamericano, lo que probablemente sacará a los ciudadanos de Estados Unidos de esa especie de estado de hibernación en el que parecen vivir ahora a pesar de las barbaridades que hace y dice su presidente.
Precisamente fue en Irán, en abril de 1980, cuando Estados Unidos recibió una de esas dolorosas lecciones con el fallido rescate del personal de la embajada norteamericana en Teherán, secuestrado tras el asalto a la legación diplomática realizado por una multitud muy similar a la que ahora vemos protestar en Teherán. En aquella ocasión la gente clamaba en favor del imán Jomeiní y de su régimen radical islámico, ahora lo hacen en contra. Curioso que en ambas ocasiones abundan los jóvenes universitarios.
Ocho militares de EEUU perdieron la vida en el desierto iraní y arreciaron las críticas contra el entonces presidente, Jimmy Carter, que dejó de plantearse una posible reelección.
Irán no es Venezuela, el Gobierno de Maduro no es el de los ayatolláhs y desde luego los iraníes no son venezolanos. Han sido los únicos en responder a la violencia con violencia tanto a Estados Unidos como a Israel, y aunque es cierto que militarmente no pueden vencer a ninguno de los dos, han demostrado que tienen capacidad para dar una sorpresa inesperada a los norteamericanos.
Por otro lado, Irán no es solo ni principalmente Teherán, Isfahán, Mashhad o alguna otra de las escasas grandes ciudades del país, que es donde se están produciendo las protestas contra el régimen. Eso sin olvidar que Irán tiene más de 90 millones de habitantes y una superficie de un millón seiscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados, más de tres veces la de España. En resumen, que el número de manifestantes que barajan los medios de comunicación no es una muestra fiable que permita adivinar qué piensa realmente la mayoría de la población, sobre todo teniendo en cuenta que las protestas se están produciendo solo en algunos grandes entornos urbanos y muchos de los participantes son partidarios de la dinastía Pahlevi o directamente parte de aquella oligarquía privilegiada cercana al sha que fue despojada de sus privilegios con la revolución islámica. Concluir a partir de ahí que existe una mayoría nacional contraria al régimen islámico resulta demasiado arriesgado.
En consecuencia, es poco probable que Donald Trump pueda repetir la jugada de Venezuela y esquilmar a los iraníes de petróleo -4ª reserva mundial- y gas -1ª reserva mundial-. Aún es más remoto que pueda colocar a otro de sus virreyes en una nueva “colonia”.
Además, Irán es el eje mundial del Islám chií que, con unos 260 millones de seguidores que profesan devoción religiosa por el martirio dolorista propio de imanismo duodecimano siguiendo el ejemplo del hijo de Alí y nieto de Mahoma en la Batalla de Kerbala, constituyen una potencial masa hostil que no se debe despreciar. Hezbolláh es la muestra más conocida de que los iraníes eligen el momento, el lugar y la forma de aplicar su ley de Talión.
Esperemos que alguien alrededor del presidente Trump haya tenido en cuenta estos factores, aunque tras verle hacer el ridículo en público con sus bailes, gestos histriónicos y muecas, cuesta creer que vaya a hacer algo con sentido común.
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