Da la impresión de que en el tema de la agresión norteamericana e israelí contra Irán estamos gritando fuego antes de ver siquiera humo, lo que está sirviendo a la misma pandilla de espabilados de siempre para pegar un nuevo pelotazo.
Los precios de los combustibles comenzaban una rápida carrera ascendente antes incluso de la amenaza de cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán y siguen imparables muy por delante de las subidas del precio del barril, sobre todo teniendo en cuenta que la gasolina que los conductores están poniendo hoy a sus vehículos fue comprada antes de comenzar el conflicto, lo que garantiza suculentos beneficios extra a un gremio caracterizado por hacer su agosto siempre que las cosas se ponen feas.
También el Gobierno y los diferentes sectores profesionales afectados por el tema del petróleo parecen estar actuando con cierta precipitación, planteando ya la toma de medidas excepcionales para hacer frente a una crisis que aún no es tal. En realidad parece que lo único crítico ahora mismo es un pánico no demasiado justificado animado, como es habitual, por la mayoría de los grandes medios de comunicación que han confundido el periodismo con el dramatismo, hasta el punto de ponerle música y montaje de video al informar sobre la guerra de turno, convirtiendo los telediarios en videoclips de TikTok.
No es la primera vez que toreamos en esta plaza, recientemente lo hicimos con la invasión de Ucrania y con la pandemia. Ambas situaciones fueron campo abonado para los mismos oportunistas y desalmados que aprovechan las situaciones difíciles para especular con bienes y servicios esenciales. El sector de las energías, al igual que el de los medicamentos o el de la alimentación, son especialmente propensos a utilizar esta despreciable estrategia y la mejor prueba de ello está en las cuentas de resultados que presentan cada año.
A esta práctica se suma la no menos ruin de no volver a los precios de origen cuando termina la situación de crisis que toque. Se dice que suben como cohetes y caen como plumas.
Suprimir impuestos temporalmente, como están proponiendo ahora, no servirá. Salvo, claro está, que se pretenda enriquecer más a las empresas y corporaciones que se aprovechan de estas crisis. Lo hemos comprobado anteriormente, quitar o reducir el iva no hace que baje el precio que paga el consumidor sino que el importe del impuesto pase a formar parte del beneficio del vendedor.
Quizá en estos momentos esté justificado poner límites al sacrosanto principio de un libremercado que dejó de serlo hace mucho tiempo, cuando el actual sistema oligopolístico amputó la “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith. Quizá en estos momentos el Estado debe hacerse más de izquierdas y entrar a saco cortando cabezas en esos sectores económicos que nunca se han caracterizado por su solidaridad y decencia a la hora de colaborar en una situación de crisis.
Intervenir temporalmente los precios para evitar los abusos especulativos que tantas veces hemos padecido y hasta agravar la responsabilidad penal de aquellos que se enriquecen de manera insultante con las desgracias de la mayoría podían ser formas útiles de poner límite a los piratas del siglo XXI.
Los que se aprovechan del sufrimiento ajeno son hombres y corporaciones que se sienten impunes e inmunes; quizá ha llegado el momento de que dejen de sentirlo. Solo quizá.
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