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Por Fin
Martes, 10 de Marzo de 2026

No se ha inventado vacuna capaz de curar el trampismo de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, que pareció haber sido infectada cuando visitó al presidente norteamericano en Escocia el pasado mes de julio.

Cabe la posibilidad de que el mandatario norteamericano solo necesite un apretón de manos para transmitir carga vírica suficiente al huésped en el que se albergará y crecerá la enfermedad, porque no es Von der Leyen la primera en sucumbir a la abducción trumpista; peor aún fue el caso del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que pareció poseído por el espíritu del presidente norteamericano a tenor de la vehemencia con la que defendía cualquier cosa que saliera de la boca de Trump.

Ya durante ese encuentro, Von der Leyen se atribuyó competencias que no debería tener al plegarse a los aranceles de Trump comprometiendo la posición de toda la Unión Europea sin consultar a nadie, ni a la Comisión ni, por supuesto, al Europarlamento. Aquello molestó a unos cuantos líderes europeos, sobre todo después de que la Corte Suprema de EEUU anulara gran parte de la guerra arancelaria de Trump.

Pero Von der Leyen no se ha quedado ahí y parece estar aprendiendo formas de algunos de los muchos déspotas que están surgiendo en el planeta, al afirmar esta semana que el orden internacional pertenece al pasado y que Europa no puede seguir siendo el “guardián de un mundo que ha desaparecido y que no volverá”, animando a los líderes de los Veintisiete a dejar la “nostalgia” y el “lamento” por el pasado.

Por esta sandez es muy probable que la presidenta de la Comisión haya recibido una cerrada ovación de Trump, Putin, Netanyahu y Kim Jong-un como alumna aventajada en el máster de liderazgo descerebrado, pero lo cierto es que, salvo algunos que tienen un temor reverencial a contrariar a Donald Trump, como el canciller alemán, Friedrich Merz, la mayoría de los representantes europeos empiezan a no prestar demasiada atención a las cambiantes fanfarronadas del norteamericano.

Esas formas de matón de barrio y de dictadorcillo bananero cada vez asustan menos a otros líderes que le han visto echarse atrás en cuanto alguna de las muchas decisiones temerarias que ha tomado ha comenzado a torcerse. Sin duda el caso más notable es el último, el de la subida del petróleo que está provocando la agresión a Irán. En cuanto la gente ha empezado a alarmarse por los precios, el presidente norteamericano ha pasado de hablar de una guerra larga a otra que está a punto de finalizar.

Probablemente sea el talón de Aquiles de Trump: su enfermizo narcisismo, un ego inabarcable que le obliga a salir huyendo al menor atisbo de pérdida de popularidad.

Por eso sorprende más el volantazo totalitario que la presidenta de la Comisión pretende darle a la Unión y que, desde luego, la convierte en una firme candidata a quedarse sin empleo.

Si la idea es reconstruir la UE al antojo del primer despotilla que llegue solo porque sea más fuerte que nosotros, mejor desmontamos el tinglado y que cada país siga por su cuenta.

No parece que los europeos estemos por abandonar el orden internacional establecido, el respeto a las reglas del juego y esas limitaciones que indican a nuestros líderes las líneas que no pueden cruzar.

Que Trump, Putin o Netanyahu lo hagan no significa que el mundo que conocemos “haya desaparecido y no volverá”, solo demuestra que nosotros no somos como ellos.


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