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Por Fin
Por Fin
Sábado, 21 de Febrero de 2026

Excesivamente histriónico el último revuelo creado entre la clase política por el precipitado intento de PP y Vox de prohibir en lugares públicos el burka y el niqab aprovechando la creciente ola de aversión ante todo lo que huela a inmigración.

En realidad tenemos problemas bastante más importantes relacionados con la constante entrada de extranjeros de forma irregular a nuestro país que el de la vestimenta, sobre todo cuando el número de mujeres musulmanas que utiliza alguna de estas prendas en España es anecdótico.

Tanto Vox como los populares están sobreactuado con este tema, los primeros para poner a prueba la determinación de los segundos ante la inminencia de futuros pactos de gobierno, mientras que el PP trata de convencer a los del partido de Abascal de que, a pesar de que María Guardiola abra la boca, pueden confiar en ellos.

Evidentemente, pendientes de esa regularización masiva de más de medio millón de inmigrantes anunciada por Pedro Sánchez, la polémica del burka es una tontería monumental, aunque sí es cierto que de conseguir el Gobierno su objetivo, es más que probable que lo de la vestimenta se convierta en el problema que no es hoy.

Lo cierto es que en lo único que parecemos estar todos de acuerdo es en que las ropas que cubren totalmente la cara plantean un problema de seguridad ciudadana. Si no se permite acceder enmascarado a ningún edificio público ni a la mayoría de los establecimientos, no parece coherente que se admita por supuestos motivos religiosos. Debajo de un burka puede estar cualquiera.

Si bien, el que una mujer musulmana circule por la calle con una de estas prendas no implica necesariamente, como se ha repetido estos días hasta la saciedad, que viva en una “cárcel de tela”, ni que haya sido obligada a vestirse así, y aunque sí es seguro que desde nuestro punto de vista supone una limitación de libertad, no debemos olvidar el detalle de que es nuestro punto de vista. En realidad no sabemos cuántas de esas mujeres visten con esas prendas por obligación, por devoción, porque les apetece o por convicción religiosa, por lo que pretender convertir el asunto en otro aburrido tema de controversia política no va a ayudar en nada a solucionar el problema que sí se nos viene encima con la irresponsable política de Pedro Sánchez en materia de inmigración.

De hecho, como sucede aquí en Marbella, cuando la jet set y la realeza del Golfo Pérsico viene de vacaciones en verano, vemos con frecuencia a mujeres musulmanas cubiertas de pies a cabeza rodeadas de un numeroso séquito dejándose una fortuna en las tiendas más exclusivas de nuestra ciudad. Sin embargo a nadie parecen molestar esos carísimos burkas y niqabs, ni tienen problema para acceder a joyerías o bancos a pesar de poder llevar una ametralladora bajo la túnica. Al contrario, solo encuentran a su paso caras complacientes y comerciantes agradecidos.

Alguien puede pensar que no es comparable, que no es lo mismo el burka de una princesa saudí que el de una inmigrante ilegal, el de la élite que el de los muertos de hambre. Y efectivamente no es lo mismo, es lo de siempre.


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