Vox se está aventurando demasiado a pesar de sus dos recientes éxitos electorales al ponerse tan exigente con el PP a la hora de negociar gobiernos en Extremadura y Aragón. Santiago Abascal parece haber olvidado la lección aprendida con Ciudadanos: se puede pasar de la cumbre a la extinción en un tiempo sorprendentemente corto.
Con todo el mérito que tiene el tirón electoral que ha tenido en ambas comunidades autónomas, es cierto, como les recordó el líder popular Alberto Núñez Feijóo, que ser los terceros no es ganar las elecciones. En consecuencia, parecen algo excesivas las exigencias que la formación de Abascal ha puesto sobre la mesa para entrar en el Gobierno de Extremadura, principalmente la de pretender aplicar su programa, que es algo que no han votado los extremeños. Los electores, mayoritariamente, han dejado claro que se inclinan, primero, por el programa del PP, en segundo lugar por el del PSOE y solo en tercera posición optan por el de Vox.
Con este planteamiento, que es el primero que debe hacerse cualquier organización política que respete la democracia, Santiago Abascal podrá exigir el tanto por ciento de poder que le corresponda de acuerdo con el número de diputados que ha logrado. Una solución matemática que parece la más justa.
En Extremadura tienen diferencias personales difícilmente conciliables con la ganadora de las elecciones, la popular María Guardiola quien, a decir verdad, habla demasiado y de modo irreflexivo, que es lo que les ha llevado a donde están hoy. Pero, en todo caso, ambos partidos deben superar o aparcar todas esas diferencias por un objetivo mucho más importante: acabar con la tiranía de Pedro Sánchez.
El próximo Gobierno necesitará años para reparar lo que se pueda reparar del daño que Sánchez le esta haciendo a España, gran parte ya es irreparable.
No es el momento de pelearse por el reparto de sillones. Esa avidez que estamos viendo estos días en ambas formaciones provoca una enorme desconfianza en todos esos españoles que han votado, precisamente, para acabar con los políticos que han convertido la función pública en un lucrativo negociete privado. No queremos cambiarle el collar al perro.
La responsabilidad que Feijóo ha pedido a Vox a la hora de negociar es también exigible al PP, que no debe olvidar que será difícil que encuentre un ambiente electoral más favorable que el actual, sobre todo porque los electores son conscientes de que la corrupción es sistémica en el bipartidismo. Vox no crece a ese ritmo porque sí y aunque tenga en Pedro Sánchez la mejor máquina de fabricarle simpatizantes, la mayor parte de los que hoy apoyan al partido de Abascal son exvotantes del PP desencantados.
Por su parte, Vox tampoco debe perder de vista que sus actuales éxitos electorales no son realmente suyos, sino la consecuencia del fracaso de los restantes. Abascal no está ganado elecciones, los demás las están perdiendo.
El electorado, hastiado de excesos, despotismo, falta de honestidad, derroche y malversación de recursos públicos, oportunismo e ineptitud está castigando a todos los partidos que han tenido responsabilidad de gobierno, otorgando a Vox un voto de confianza precisamente porque hasta ahora no ha hecho nada, que es precisamente lo mejor que ha hecho para llegar a donde está. Además, sus votantes le han dado una mayoría suficiente para controlar futuros excesos del PP y corregir sus numerosas debilidades y complejos cuando pretende ser una formación de derechas sin parecerlo.
Sin embargo, si Santiago Abascal no aprovecha las actuales circunstancias con sentido común y responsabilidad, su formación puede terminar convertida en otro suflé como el de Ciudadanos.
PP y Vox tienen la obligación de cumplir el mandato de las urnas y, por tanto, no tienen derecho a no ponerse de acuerdo.
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