Es injustificada esa especie de satisfacción colectiva que ha reinado en el Foro de Davos después de que el presidente de los EEUU, Donald Trump, dijera que ha alcanzado un principio de acuerdo con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, sobre Groenlandia.
El sinsentido comienza por el hecho de que la OTAN no puede negociar nada en absoluto sobre la soberanía de sus Estados miembros. Aún menos el complaciente Rutte, al que Trump parece haberle dado una pócima del amor a juzgar por la servil actitud ante el líder norteamericano. Cualquier día aparecerá en el cuartel general de la Alianza con la gorra de “Make America Great Again”.
Y a la absurda situación de que Dinamarca no haya participado en el reparto de su propio territorio, algo que el Gobierno danés parece haber aceptado con sorprendente tranquilidad, se suma el hecho de que lo poco que se conoce de ese preacuerdo no anima en absoluto al optimismo al suponer, en realidad, una nueva victoria del creciente número de países que se saltan la legalidad internacional. Si al invadir Ucrania Vládimir Putin entreabrió la puerta al principio de que sea la fuerza y no el diálogo el eje sobre el que giren las relaciones internacionales, al igual que lo está haciendo Benjamin Netanyahu en Gaza, ahora Trump abre esa puerta de par en par al quedarse con territorio soberano danés y explotar sus recursos naturales.
Porque lo que ha trascendido del preacuerdo es que Dinamarca, no solo tendrá que permitir el establecimiento de más bases militares norteamericanas en Groenlandia, sino que además el suelo en el que se asienten pasarán a ser territorio soberano de los Estados Unidos. Además, el mismo presidente Trump ha informado de que su país también podrá explotar los recursos naturales groenlandeses, lo que hace temer un expolio de consecuencias difíciles de prever dado que la enorme isla de hielo y todo lo que la rodea es vital para mantener el precario equilibrio climático del planeta.
Los que se benefician del acuerdo y los que se niegan a reconocer que hemos sido derrotados sin siquiera quejarnos consideran que, para apaciguarle y no debilitar aún más a la OTAN y a Occidente, es mejor entregarle a Trump una pequeña parte de Groenlandia y pagarle con recursos minerales que permitir la invasión total de la isla. Se equivocan.
Nunca se paga a un chantajista, eso es de primer curso, porque inevitablemente la próxima vez pedirá más.
El presidente norteamericano es un fanfarrón ególatra frente al que nunca se debe actuar como lo estamos haciendo. Hay que enfrentarse a él, incluso sabiendo que perderemos, y ya que no podemos vencerle militarmente, sí podemos hacerle daño con otras armas, como es la economía o el desdén internacional, algo que provocará un daño irreparable a su enfermizo narcisismo. No olvidemos lo que ofendió a Trump que no le dieran el Nobel de la Paz.
Todo ello sin olvidar que esa puerta ahora abierta y animados por los ejemplos de Rusia, Israel y ahora Estados Unidos, puede cruzarla cualquiera y si mañana China hace lo mismo con Taiwán, nadie contará con autoridad moral para alzar la voz.
Son alrededor de 170 las reclamaciones entre países reivindicando territorio del vecino. Si el “nuevo orden” que pretende imponer el presidente norteamericano consiste en resolver esos litigios por la fuerza, tengan la certeza de que comenzará la tercera guerra mundial.
Comentarios potenciados por CComment