Desde hace años muchos europeos nos preguntamos por qué las autoridades de Bruselas conducen a la Unión Europea (UE) hacia la dependencia alimentaria de terceros países, lo que nos convierte en políticamente insignificantes a nivel internacional.
La alimentación es esencial, por eso somos rehenes ante cualquier país proveedor por muy potente que sea nuestra industria, nuestra moneda o nuestras fuerzas armadas.
El acuerdo firmado el pasado día 17 entre la UE y Mercosur supone uno de los pasos más relevantes dados por la Comisión Europea en su objetivo de lograr el debilitamiento del bloque. El documento recoge condiciones escandalosamente perjudiciales para la agricultura y ganadería comunitarias -la española será de las más afectadas- que han aceptado casi todos los líderes europeos en una negociaciones que siempre han sido ajenas al ciudadano medio. Tan ajenas que el acuerdo que condena a muchos productos europeos a la desaparición y, con ello, a la extinción también de muchos empleos, ha sido aceptado por los ciudadanos con una docilidad e indolencia sorprendentes.
No es casualidad que el documento llevara negociándose más de un cuarto de siglo sin alcanzar un acuerdo y sí resulta sospechoso que la Comisión Europea haya dado ahora el placet al texto a pesar de resultar manifiestamente perjudicial para nosotros y colocar a toda la Unión en una posición política y geoestratégica aún más débil que la actual, que pareció haber llegado a su máximo cuando la presidenta Ursula von der Leyen, sin tener autoridad para ello, mostró sus sumisión a Donald Trump en la Casa Blanca.
Los expertos en asuntos comunitarios coinciden en que ha sido un trueque en el que los países más industrializados de la UE, como es habitual, han pesado más que nosotros, los socios del sur, y han intercambiado las llamadas tierras y materiales raros por la agricultura, la ganadería y la pesca europeas. No hay que olvidar que, casualidad o no, el reglamento europeo de control pesquero se aprobó una semana antes, el día 10, y condena a parte del sector, sobre todo a la pesca de bajura, a la desaparición al imponer condiciones a los pescadores de imposible cumplimiento para realizar la actividad en condiciones que les permitan ser competitivos en el mercado.
Al parecer la industria automovilística y sectores conectados, y las tecnológicas, que son las que más precisan de esas tierras raras, han logrado que Bruselas sacrifique al sector primario para potenciar al terciario sin detenerse a pensar en que no podemos competir con los precios de los productos que llegarán desde Mercosur, que al igual que los de Marruecos no tienen que cumplir los exigentes y caros requisitos de seguridad y calidad alimentaria que las autoridades europeas imponen a los made in Europe.
Los genios de la Comisión tampoco parecen haberse planteado que esa dependencia alimentaria nos convertirá en rehén de cualquier país que sea capaz de cultivar un tomate más barato que el nuestro. Sobre todo ahora cuando los fondos buitre han entrado a saco en el sector de la alimentación y están sometiendo a la población a la malnutrición a base de especular con los precios de los productos básicos. En esas circunstancias, el consumidor se ve obligado a buscar lo más barato sacrificando la calidad de su alimentación y su propia seguridad sanitaria.
Comeremos basura pero tendremos coches muy chulos y ecológicos.
Comentarios potenciados por CComment