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Por Fin
Por Fin
Jueves, 25 de Diciembre de 2025

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, empieza a mostrar maneras preocupantes que van más allá de su habitual falta de clase, mal gusto, y chabacanería.

Quien pretendió conseguir el Nobel de la Paz está dando pasos tan decididos como irresponsables para crear problemas internacionales que pueden desencadenar conflictos cuya deriva no podemos determinar.

Saltarse la legalidad internacional se ha convertido en el sello personal de Trump sin que nadie, ni dentro ni fuera de su país, sea capaz siquiera de discrepar por miedo a desatar su ira y el consecuente irracional castigo.

Ni la ONU ni la comunidad internacional ponen objeción alguna a que las Fuerzas Armadas del país más poderoso del mundo estén realizando actos de piratería, como si se tratara de corsarios somalíes del cuerno de África, secuestrando -que es la expresión jurídicamente correcta- petroleros en aguas internacionales con los que el presidente Trump pretende quedarse, como reconoció públicamente ante los periodistas en la Casa Blanca. El que EEUU no sea parte de la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar no le autoriza a convertirse en pirata, ni el hecho de que la Casa Blanca haya sancionado al régimen de Maduro legitima el asalto a los barcos que llevan petróleo venezolano. Solo Naciones Unidas puede imponer un embargo internacional.

Tampoco es legal bombardear lanchas y asesinar a sus ocupantes -ya van más de cien- bajo la acusación de transportar drogas que puedan terminar en Estados Unidos sin demostrar nada en absoluto. A nadie le gusta el régimen de Nicolás Maduro, pero calificarlo de “narcorégimen” exige, primero, probarlo. En cualquier caso, tampoco el régimen de los Al Saud en Arabia Saudí es del agrado de la mayor parte de Occidente y, sin embargo, todos somos consciente del diferente trato que la Casa Blanca da a uno y a otro, hasta el punto de que el propio presidente Trump justificó el asesinato y descuartizamiento de un periodista saudí por orden del príncipe heredero.

Y para poner la guinda a la preocupante evolución caudillista del presidente norteamericano, que cada vez recuerda más a Kim Jon-un o al propio Maduro, está Groenlandia, un territorio de Dinamarca que quiere convertir en parte de Estados Unidos porque sí, algo que reconoce abiertamente sin importarle mínimamente que se trate de un país aliado, miembro de la UE y de la OTAN desde 1949.

El tratado de adhesión a la Alianza contempla la posibilidad de que uno de los Estados miembros sea amenazado, invadido o atacado por un tercer país no miembro, pero no plantea que un Estado de la OTAN invada a otro. ¿Qué haríamos entonces? Vladímir Putin debe estar encantado con su hombre en Washington.

Finalmente está el anuncio realizado esta semana por el megalómano americano de la creación de su “flota dorada”, a juego con el mal gusto de su residencia de Mar-a-Lago, a cuyos barcos de guerra piensa poner su propio nombre, una práctica muy en la línea de cualquier dictador pueblerino del tercer mundo. Por supuesto, será la más grande, más letal y más de todo del planeta. Como en tantas otras cosas Trump miente; diseñar, aprobar, contar con el presupuesto y construir una flota así supone muchas décadas, varias presidencias y, aunque el contribuyente americano pueda pagarlo, tanto China como Rusia habrán evolucionado a la misma velocidad igualando la letalidad de los barcos Trump, como ha pasado con los misiles hipersónicos o con los cazas de quinta generación.

La conclusión es que los aspavientos de otro autócrata egocéntrico son únicamente más preocupantes porque ha sido elegido mayoritariamente por los norteamericanos en el país que fue el gran defensor de la democracia, la libertad y la legalidad internacional sobre el planeta. Y esa sí es una gran pérdida.


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