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Por Fin
Miércoles, 10 de Diciembre de 2025

Teniendo en cuenta que en gran parte de Estados Unidos es ya más fácil manejarse en español que en inglés, las críticas de Donald Trump a la política europea de inmigración están bastante fuera de lugar.

Lo que no quita que el grandilocuente presidente de los EEUU tenga su parte de razón, aunque olvidase incluir a su propio país, en un problema que no es europeo sino occidental, o quizá sea mejor decir que afecta a todo el mundo desarrollado pues el principal factor desencadenante de las migraciones es la desigualdad, y de esto los Estados Unidos sabe más que Europa.

No obstante, cuando Trump advierte de que la imparable llegada de migrantes desnaturalizará a Europa y acabará destruyendo nuestro sistema político, nuestra forma de vida y, sobre todo, la estructura demográfica que lo sustenta, tiene parte de razón, de hecho está sucediendo ya.

Es inevitable que la llegada de extranjeros procedentes de terceros países con diferentes culturas, religiones, costumbres y normas sociales choque con las de países receptores que son totalmente diferentes, lo que provoca el conocido “choque de civilizaciones” adelantado en 1993 por Samuel Hantington. Casos como los de matrimonios forzosos con menores de edad o prácticas como la ablación en niñas pequeñas continúan siendo realizadas por inmigrantes llegados a los países receptores, a los que pretenden trasladar la forma de vida propia de sus países de origen aunque choquen traumáticamente con la del receptor. El no respeto a la legalidad del país que te recibe es un indicio bastante claro de que no existe intención de integración en la comunidad que te acoge. Y ahí empiezan los problemas.

Al igual que la norteamericana, la política europea en materia de inmigración ha sido un desastre que principalmente ha logrado importar los problemas de los países emisores de migrantes, convirtiendo en muchos casos a los recién llegados en infrasubvencionados que sobreviven sin apenas posibilidades de prosperar.

La realidad de los números nos indica que la integración plena en los casos de migrantes regulares es poco más que anecdótica, mientras que en la irregular es prácticamente nula al situar además al sujeto en un limbo jurídico del que no puede salir mientras el Gobierno del país receptor, como pretende hacer ahora Pedro Sánchez, no regularice de forma generalizada y porque sí a los que se encuentren en el territorio, contribuyendo de este modo a agravar el proceso de desnaturalización en el país receptor al que se refería Trump.

En cualquier caso, no parece tener mucho sentido que los migrantes pretendan exportar una forma de vida fracasada para reproducirla en unos países a los que escapan precisamente porque creen que en ellos vivirán mejor. El hecho de que las corrientes migratorias vayan en una sola dirección demuestra el sinsentido de esa negativa a adaptarse a las normas y forma de vida del país receptor.

Con su habitual falta de sutileza el presidente norteamericano se preguntaba ayer en público por qué “solo recibimos migrantes de países de mierda”. La respuesta es obvia: por la desigualdad. Muchos de los que habitan en esos países a los que se refería Trump quieren mejorar su calidad de vida y creen que el futuro está en los países que él no considera “de mierda”.

Esos migrantes se equivocan y gran parte de ese error lo han provocado las antenas parabólicas y la globalización digital que muestran a todos los habitantes del planeta una realidad muy sesgada, cuando no totalmente falsa, de los llamados países desarrollados.

Los que vivimos en ellos ya le hemos visto los hilos a las marionetas y somos conscientes de que nuestros futuros nos son menos esclavizantes que aquellos a los que están sometidos los potenciales migrantes irregulares en sus países de origen.

Para ellos suele ser culpa de un régimen político, algún conflicto originado en la pugna por el poder, la corrupción y la inevitable consecuencia de todas estas causas: el hambre.

Para nosotros, habitantes del paraíso, nuestra esclavitud procede de las deudas, quizá con un banco, una compañía eléctrica, un fondo buitre y, por supuesto, la cada vez más pesada carga fiscal que nos imponen nuestros Estados para financiar el paraíso.

Todo ello aderezado por una creciente corrupción política y económica a nivel de todo Occidente que también hace crecer la desigualdad y la pobreza. Expresado al estilo Trump sería justo decir que están ellos y sus países "de mierda", y nosotros y nuestros países con una prosperidad siempre hipotecada en condiciones de usura. En definitiva, mierda barnizada.


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