Al igual que nos pasó durante la llamada Guerra Fría, nos estamos volviendo a embarcar en otra alocada carrera armamentística azuzados por un presidente norteamericano que pretende financiar con dinero europeo buena parte de la disparatada deuda pública de su país.
De aquella Europa en la que los gobiernos se preocupaban de dar imagen de antibelicistas a esta Europa en la que los mismos gobiernos compiten ahora en gasto militar para demostrarle a Donald Trump una fidelidad servil y acomplejada que, a la vez, revela a todo el planeta la debilidad europea.
Sin embargo, el militarismo del que ahora hacen gala tanto la OTAN como la UE no nace de esa necesidad de reforzar nuestra defensa a la que siempre alude el melifluo secretario general de la Alianza, Mark Rutte, sino de la habitual práctica de cargarle al ciudadano la factura de los desaciertos financieros de los gobernantes, o bien para hacer ganar más dinero a esa élite que asimila como pérdida conseguir menos beneficios que en el ejercicio anterior.
De nuevo se trata simplemente de dinero, la amenaza rusa vuelve a ser el guiñol de fantasma que nos muestran para justificar la insultante cantidad de dinero que nos van a hacer pagar por trastos de disparar y explotar que quedarán obsoletos incluso antes de salir de fábrica. Los proyectos de defensa están sujetos a larguísimos plazos de desarrollo y ejecución, la mayoría alcanza o supera las dos décadas. Teniendo en cuenta la velocidad a la que avanza la tecnología, gran parte de ese material será viejo antes de ser estrenado. Como ejemplo sirve el submarino estrella de nuestra Armada, el S-80, fabricado en España, los estudios preliminares del proyecto comenzaron a finales de 1991, el primero entró en servicio 32 años después, en noviembre de 2023, con un considerable retraso y tras dispararse el presupuesto inicial. Ambas circunstancias suelen ser el denominador común de los proyectos de defensa. El lado positivo es que los rusos también tienen los mismos problemas.
Por mucho que Trump insista en pasarnos su factura, ahora mismo las armas no son la prioridad para la mayoría de los países europeos, al menos en nuestro caso, sobre todo después de hacerse público la pasada semana el informe sobre la pobreza de Cáritas.
Además, nuestros gobiernos se han construido un diagrama falso de necesidades militares en el que no tienen en cuenta factores fundamentales previendo futuros conflictos. En primer lugar, olvidan las enormes limitaciones económicas que tiene Rusia que le impiden mantener un esfuerzo militar a largo plazo en un potencial enfrentamiento con Europa. Si en más de tres años no ha sido capaz de vencer a Ucrania, ¿cuánto tardaría en lograr una victoria contra toda Europa? ¿y contra la OTAN? La respuesta parece obvia.
En segundo lugar, los gobiernos occidentales parecen haber olvidado que una guerra no se puede hacer a distancia y que por mucho que inviertan en tecnología militar que proteja al soldado o lo aleje del campo de batalla, habría muertos y heridos, muchos. Los ataúdes son la mejor forma de que un político europeo termine en el paro, y pedirle a una juventud tan acomodada como la nuestra que se vaya a matar o morir por la patria es algo que no tiene demasiado predicamento en la Europa de hoy.
En este punto hay que añadir que Rusia no tiene esa limitación, Vladimir Putin sigue la misma política que Josep Stalin, que defendía que “la cantidad de por sí, tiene cierta calidad” cuando mandaba a decenas de miles de sus soldados a morir inútilmente frente a las ametralladoras alemanas. A Putin tampoco le importa el número de bajas propias, al fin y al cabo él no depende de votos y sus ciudadanos están demasiado amordazados y asustados para poner alguna objeción.
En tercer lugar, Europa debe pensar en y para Europa, los intereses de los Estados Unidos ya no coinciden con los nuestros, cuando no son enfrentados, caso de la guerra arancelaria que nos ha declarado unilateralmente el presidente Trump. No debemos olvidar que la OTAN no se creó para proteger a Europa del Pacto de Varsovia sino para ser la primera línea de defensa de EEUU, como siempre, lejos de su territorio. La Alianza solo sirve para que la guerra se libre en Europa y que la mayoría de los muertos sean nuestros.
Finalmente, tampoco podemos olvidar la lamentable imagen de debilidad que dio en la Casa Blanca la irresponsable presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Layen, rindiéndose sin condiciones ante la guerra arancelaria de Trump, comprometiendo sin autoridad a todos los estados miembros de la UE.
En estas circunstancias no parece que los rusos sean la amenaza más inminente para Europa, ni que gastar el dinero que no tenemos en armas que ahora mismo no necesitamos sea lo prioritario.
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