Si el plan de paz diseñado por Donald Trump para la Franja de Gaza hubiera ido dirigido a pacificar cualquier país occidental, cristiano y que no compartiera frontera con Israel, probablemente habría funcionado. En Gaza no lo hará.
La realidad es que, en este momento, el plan no es un plan sino más bien una imprecisa y vaga declaración de objetivos o de intenciones que ocupa folio y medio y que no responde a las preguntas esenciales: por qué esos objetivos, cuándo, cómo y, lo más importante, quién lo hará, quién lo financiará y quién perdera más en este acuerdo en el que no se permite a los palestinos acordar nada. Las opciones son, o aceptan, o siguen muriendo.
El documento recuerda, más que a un acuerdo, a una rendición en la que Hamás ha de plegarse a todas las exigencias que, obviamente, incluyen el desarme, la desmilitarización, la renuncia a cualquier participación en el futuro de Gaza y, en definitiva, a su extinción voluntaria. Obligaciones que, por extensión, se imponen a todo el pueblo palestino, que podrá olvidarse de decidir libremente su futuro.
El plan de Trump y Netanyahu también impone un gobierno de tecnicos palestinos y de extranjeros elegido por una denominada “Junta de Paz” formada únicamente por extranjeros y presidida, como no podía ser de otra forma, por el mismísimo Trump, que ya ha declarado que quiere contar con el ex primer ministro británico Tony Blair, el amigo de José María Aznar que también mintió sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak para justificar el que hiciésemos añicos el futuro de ese país.
Y, tras dejar la Franja en manos de extranjeros, el siguiente paso del plan es transferir el poder a la Autoridad Palestina cuando recupere el control del territorio y se restablezcan las instituciones e infraestructuras básicas que hagan viable esa Gaza del futuro.
Evidentemente el “plan de paz” parece haber olvidado que Hamás llegó a ser Hamás por culpa del impresionante nivel de corrupción de la Autoridad Nacional Palestina, que se demostró desde el minuto uno absolutamente incapaz de gobernar ni Gaza ni Cisjordania. Un terreno de descontento abonado para que el Movimiento de Resistencia Islámica ganara por goleada las elecciones de 2006.
Como en tantas otras ocasiones, el plan de Trump peca de la habitual falta de conocimiento y de realismo con las que los estadounidenses pretenden siempre imponer su pax americana. Ni Afganistán, ni Siria, ni Irak parecen haber servido para que aprendan algo.
Desde el punto de vista palestino, Hamás no es una organización terrorista, al igual que Hizbulá no lo es para la mayor parte de las clases más vulnerables en Líbano. Bajo el paraguas financiero de Irán, las dos organizaciones han “rellenado” el vacío de Estado dejado por los ausentes gobiernos de ambos países y han cubierto necesidades esenciales de esa población vulnerable que es la más numerosa en Oriente Próximo y Medio.
Tras décadas de ser la única referencia de una estructura de Estado y de orgullo para la población al ser los únicos que han plantado cara como han podido a los constantes excesos de la maquinaria militar israelí, Hamás se ha ramificado entre la población palestina tanto en Gaza como en Cisjordania hasta el punto de que ahora resultará muy difícil, sino imposible, extirpar el cáncer sin matar al paciente. Más aún hoy, después de casi 70.000 muertos que Israel ha convertido en el mejor motivo de muchos palestinos para sumarse a las filas de la resistencia islámica.
Si este “plan de paz”, que no lo es, logra únicamente la liberación de los rehenes israelíes y un alto el fuego, aunque sea precario, ya habrá conseguido mucho más de lo esperado. Y va a dar igual que Hamás pase por el aro o no.
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