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Por Fin
Sábado, 18 de Octubre de 2025

El desmedido espectáculo montado el pasado lunes en Israel y horas después en el balneario egipcio de Sharm el-Sheij para regar el gigantesco ego de Donald Trump, no oculta las muchas dudas que suscita su plan de paz para Gaza.

El simple hecho de que el acuerdo haya sido firmado únicamente por los países mediadores pero no por Israel ni por Hamás, siembra ya bastante incertidumbre sobre la confianza que tienen las partes en su viabilidad.

Sí parece seguro que la parte ceremonial satisfizo a un Trump que solo quiere hablar de su libro. Hasta el punto de que en Egipto ejerció como anfitrión desplazando al general Al Sisi y aunque muchos de los jefes de Estado y de Gobierno que asistieron a la ceremonia son escépticos sobre el futuro de esta paz, sí quisieron rendir innecesaria pleitesía al nuevo faraón, que ya empieza a ejercer también como presidente del planeta a pesar del limitado apoyo popular con el que cuenta fuera de su país.

No obstante, la realidad es que, técnicamente, el plan de Trump tiene demasiadas imprecisiones que hacen muy difícil poder materializar todos los puntos de las dos fases que aún quedan. Tanto es así que, hasta ahora, lo único que ha pasado es que Hamás se ha quedado sin la única baza que tenía para presionar a Israel y en la milicia islámica no parecen haberse dado cuenta de que, entregando los rehenes, el Gobierno Netanyahu podrá exigirles mucho más o simplemente romper el acuerdo con cualquier excusa -en esto el primer ministro es un gran profesional- para continuar su ofensiva y anexionarse la Franja, que era su objetivo inicial.

Esto sin perder de vista que para Benjamin Netanyahu la paz puede significar la cárcel pues aún está acusado de corrupción a la espera de un juicio que se vio condicionado por la declaración del estado de guerra.

Tampoco debemos olvidar que, como suele ser habitual, lo primero que han hecho las diferentes milicias islámicas de Gaza tras firmar la paz con Israel es empezar a matarse entre ellas, por lo que ahora los palestinos que han sobrevivido a las balas israelíes tienen la oportunidad de que también les mate una bala palestina.

Y en esas condiciones es donde el plan de paz prevé el despliegue de tropas extranjeras para garantizar una seguridad que no existe. Teniendo en cuenta que Estados Unidos va a enviar 200 soldados como parte de ese contingente, ¿nadie se ha planteado qué sucederá si son víctimas de un atentado como el sufrido en 1983 en Beirut? ¿saldrán corriendo de Gaza como hicieron en Líbano? ¿se olvidára entonces Trump del asunto o animará a Netanyahu a consumar el inacabado genocidio?

Además, como tantas otras veces, no ha llegado el momento de la paz sino de la victoria, al menos para los israelíes y para el presidente norteamericano que ayer se jactó, de forma bastante inapropiada, de los buenos resultados que proporciona el uso de la fuerza en las relaciones internacionales y de lo bien que matan sus armas.

Mientras, para los palestinos ha llegado el momento de intentar reconstruir sus vidas, de seguir sobreviviendo de la limosna internacional y de continuar rumiando en silencio el odio hacia sus vecinos que ahora está alimentado por otros 70.000 muertos.

De hecho, lo único seguro a día de hoy es que el ciudadano medio israelí se ha manifestado reiteradamente contra su Gobierno por no conseguir hasta ahora la liberación de los rehenes, sin que parezca haberle importado lo más mínimo la masacre indiscriminada de civiles palestinos, y que las milicias islámicas agradecerán a Netanyahu que les haya proporcionado nuevos reclutas que esperarán el mínimo desliz de Israel para repetir un acto terrorista como el del 7 de octubre.

Estas son solo algunas consideraciones de todo lo que puede fallar en la ejecución de un plan de paz que solo es en realidad una enumeración de objetivos.

Tal vez el show de esta semana fue algo precipitado.


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