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Sábado, 20 de Septiembre de 2025

Al final la invasión de Gaza era lo que parecía: un simple pelotazo urbanístico en el que los gobiernos israelí y norteamericano, en vez de talar árboles para hacer parcelas, han segado 70.000 vidas y demolido Ciudad de Gaza hasta los cimientos.

Hay que reconocerle no obstante al primer ministro Netanyahu que su planteamiento ha sido excepcionalmente original, porque a lo largo de la historia hemos sido testigos de muchos genocidios, bien por razones étnicas, ideológicas, religiosas, políticas o por robar recursos, pero este es el primero que conocemos con motivación inmobiliaria.

El mismo ministro de Economía de Israel, Bezalel Smotrich, alardeó esta semana sin rubor alguno durante una conferencia inmobiliaria de que “la demolición ya está hecha. Ahora tenemos que construir”. También afirmó que “la Franja de Gaza se está convirtiendo en una bonanza inmobiliaria”, e incluso reveló que existe un plan de negocios elaborado entre su país y los Estados Unidos para, una vez expulsados o asesinados los palestinos que queden, repartirse el territorio invadido para ponerse a levantar el resort de lujo para turistas ricos con el que lleva fantaseando el presidente Donald Trump desde que llegó a la Casa Blanca.

Resulta difícil creer que Israel haya alcanzado ese grado de ruindad, haciéndose hueco junto a aquellos nazis que también realizaron un genocidio y luego robaron a sus víctimas. No es fácil digerir lo de haber concebido un plan para asesinar a 70.000 personas y expulsar a los que sobrevivan con el fin de robarles sus tierras; más difícil es aún cuando el guardían mundial de la democracia y de la justicia social occidental, que fue Estados Unidos, es cooperador necesario tanto en el genocidio, al facilitar las armas, como en el futuro reparto de los beneficios del delito. Triste ironía que los judíos hayan concebido una “solución final” para el pueblo palestino.

Curioso también los tumbos que dan los acontecimientos, que han permitido a Netanyahu convertir a Hamás en la coartada que no necesitaba para hacer lo que está haciendo. Al final, en otro de esos sorpresivos giros del destino, serán los israelíes y los norteamericanos los que más se beneficien del atentado terrorista del 7 de octubre de 2023 realizado por esa organización palestina, que costó la vida a 1.400 ciudadanos israelíes y significó un largo secuestro para otros 252. En fin, las penas con pasta son menos penas.

Y aún así hay que reconocer que el plan de Trump y Netanyahu, aunque despreciable, es brillante: Van a quedarse sin pagar un euro con una enorme parcela en un lugar donde lo que falta es, precisamente, territorio. Lo que significará ventas inmobiliarias masivas y disparatadas de precio para satisfacer una demanda que Trump y Netanyahu creen desbocada. Será casi como reproducir deliberadamente los defectos y errores cometidos en el mercado español de la vivienda. En teoría.

En teoría porque hay alrededor de 2 millones de palestinos en Gaza, más otros 2,3 millones en Cisjordania, la guerra terminará con un saldo algo inferior a los 100.000 muertos, mientras el millón novecientos mil habitantes restantes abandonará forzosamente la Franja para trasladarse a países limítrofes; todo ello según el plan nortamericano-israelí, que tiene puesto el ojo en Egipto y en Jordania como Estados receptores de los expulsados.

Ahora solo hay que preguntarse qué harán todos esos palestinos cuando se hacinen en campos de refugiados viendo cómo su país se convierte en un parque temático, en Disney Gaza.

Si mataran a sus seres queridos, le quitaran todo lo que le queda y, finalmente, le expulsaran de su casa, ¿usted qué haría?

Disney Gaza será el primer paraíso turístico en el que el chaleco antibalas será más útil que el bañador.

El error de Trump y Netanyahu ha sido no haber reparado en que su enemigo ya no tiene nada que perder.


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