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Lunes, 25 de Agosto de 2025

Ha sido Rafael Doménech, catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia y Economista Jefe de Economías Desarrolladas en el BBVA Research, el último en llamar la atención sobre nuestra forma de crecimiento.

Al igual que han hecho otros expertos en numerosas ocasiones anteriores, Doménech ha advertido sobre el riesgo de consolidar “este modelo de crecimiento que no mejora el bienestar individual y social”. Advertencia que es consecuencia necesaria de que existan dos Españas viviendo en paralelo, en dos realidades tan distintas como inconexas.

Por un lado esa versión oficial de país que el presidente del Gobierno obliga a predicar a todos sus ministros  quienes, ejerciendo más como apóstoles que como políticos, reiteran unos datos de crecimiento, unas proyecciones económicas, índices de empleo y de afiliación a la Seguridad Social que nos sitúan casi como la locomotora de Europa. Discurso siempre acompañado de lo de las subidas del Salario Mínimo y de innumerables conquistas sociales que convierten a esa España oficial en una suerte de parque de atracciones de cartón piedra que, como han demostrado los hechos, cualquier dana o incendio pueden reducir a escombros.

Porque esa es la otra España, la de verdad, la que no tiene nada que ver con la sesgada interpretación de datos que conduce a resultados que son muy ciertos para una ínfima minoría y absolutamente falsos para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Los escasos habitantes de esa primera España no caminan, levitan sobre ella, sin rozarse con los que vivimos en la España de segunda, a ras de suelo, donde la realidad es otra, y es cada vez más injusta, cruel y desesperanzadora.

Pedro Sánchez no dice la verdad cuando utiliza los datos económicos como términos medios; el “crecimiento medio” no existe en nuestro doble país. Los beneficios no son medios, son totales y se acumulan en esa España de primera a costa de los que cada vez vivimos peor en la España de segunda. La creciente concentración de riqueza en menos manos, que corre paralela al aumento de los niveles de pobreza tanto relativa como absoluta, son prueba inapelable de la ficción del crecimiento económico español. Que acumulen cada año más riquezas el grupo de grandes empresas, corporaciones y fondos de inversión que viven de parasitar del ciudadano, mientras reparten su influencia y sus favores entre los grandes partidos políticos, solo indica que la injusticia social en nuestro país es, al igual que la corrupción, endémica.

El déficit de productividad español, que constituye el talón de Aquiles de nuestra economía, no tiene su origen en que los trabajadores españoles seamos especialmente indolentes sino en la falta de esperanza de gran parte de la masa laboral. Es cierto que creamos empleo, empleo basura pagado en condiciones de semiesclavitud, con una precariedad que el Gobierno no logra ocultar ni inventando formas contractuales ficticias para contabilizar como activos a más de 700.000 parados.

En este paraíso de cartón piedra, las subidas del Salario Mínimo Interprofesional no solo han sido anuladas por las inmediatas e incontroladas subidas de precios de productos y servicios básicos ante la quietud de todas las administraciones, sino que, incluso, el trabajador ha terminado perdiendo capacidad adquisitiva al aumentar ese índice de precios muy por encima de los ingresos. Somos más pobres que cuando ganábamos menos. Es el resultado inevitable con una ministra de Trabajo que en lugar de ideas tiene ocurrencias.

Esa España de segunda que vive a ras de suelo también terminará haciéndolo a cielo abierto ante la imposibilidad de acceder a la vivienda, ni como propietarios ni como inquilinos, mientras la clase política, en su constate levitación, sigue hablando del impresionante parque de vivienda pública que se creará en un futuro que nunca llega.

Con empleos malos y precarios, sin la mínima posibilidad de prosperar, con la certeza para gran parte de esa España de segunda de que morirán de viejos sin haber sido jamás propietarios de su propia casa y con la incógnita de cómo formar una familia ante la incertidumbre de una vida sin esperanza, la productividad española es extraordinaria. Cualquier otro pueblo ya se habría levantado contra esta casta de dictadores.


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