Resulta sorprendente e incluso sospechosa la candidez del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a la hora de defender el contrato firmado por nuestro Gobierno con la empresa china Huawei para almacenar en sus servidores las escuchas de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Evidentemente, los norteamericanos se han llevado las manos a la cabeza al conocer la noticia ya que es público y notorio que Huawei, el Gobierno chino y el Partido Comunista Chino representan la “Santísima Trinidad” asiática, lo que obviamente significa que todo lo que depositen en esos servidores la Guardia Civil, la Policía Nacional y sus respectivos servicios de información, irá directamente a la inteligencia china.
Grande-Marlaska defiende el acuerdo como si acabara de descubrir que es nieto de Bruce Lee, asegurando sin argumento alguno que todos los datos depositados en los servidores de Huawei estarán completamente a salvo. Algo que evidentemente no es cierto, como ha adivinado sin demasiado esfuerzo la inteligencia norteamericana que, a través del Senado, ha recomendado filtrar la cantidad y la calidad de la información que los Estados Unidos intercambian con España. Sugerencia que ha hecho extensible, como es lógico, a todos los países miembros de la OTAN.
De hecho, según publican varios periódicos nacionales, hasta nuestro Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y la Guardia Civil han mostrado su malestar por el contrato firmado por el Gobierno con Huawei sin consultar con los profesionales del ministerio y sin tener en cuenta la brecha de seguridad que representa. Lo cierto es que el único argumento que ha presentado Grande-Marlaska es que la oferta china es más barata, aunque teniendo en cuenta el favor que el Gobierno socialista le hace al espionaje chino, lo lógico habría sido que Pekín nos pagara por pasarles información, bien por hacer de topos o sencillamente por estúpidos.
Si, como sugieren algunos medios de comunicación, la decisión de contratar con la empresa china ha sido por el deseo de Pedro Sánchez de molestar un poco más a los norteamericanos tras los desacuerdos sobre el gasto en defensa durante la última reunión de la Alianza, resultaríamos aún más estúpidos al estar disparando a nuestro propio pie. No solo significa que entregamos al Gobierno chino las llaves de nuestra caja fuerte sino que, además, perdemos en la misma jugada la confianza que tenían depositada en España todos nuestros aliados. Y lo peor es que tienen derecho a desconfiar.
Pedro Sánchez ha tomado demasiadas decisiones insuficientemente justificadas, o absolutamente injustificadas, que son excesivamente relevantes como para quedar al antojo de un solo hombre sin control alguno por parte de los otros poderes del Estado, especialmente del Legislativo. Con el antecedente de los bandazos dados en nuestras relaciones con Marruecos, que sugieren que Sánchez no decidió libremente tras el episodio del espionaje a su teléfono, ahora se reproduce otra situación que obliga a volver a plantear hasta dónde llega constitucionalmente la autonomía de un presidente del Gobierno.
Se equivoca el ministro del Interior al tratar de justificar por el precio esta inexplicable decisión. Todos sabemos que terminaremos pagando mucho más de lo acordado. ¿Cuánto perderemos o dejaremos de ganar por la información que ahora entregamos a China? ¿Qué precio tiene perder la confianza de todos nuestros aliados?
Cuando vamos a un bazar chino a comprar algo sabemos muy bien por qué sus productos son baratos. Nuestro Gobierno debería haber aprendido de esta sencilla experiencia.
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