El precipitado regreso de Donald Trump a Washington dejando la cumbre del G7 nada más comenzar ante el preocupante cariz que está adquiriendo la situación en Oriente Medio apunta a que los israelíes se disponen a asestar un golpe mucho más duro al régimen iraní.
El mismo Trump ha recomendado a los residentes en Teherán que abandonen la ciudad antes de dos días, lo que indica que todo va a ir a peor.
Parece evidente que tanto israelíes como norteamericanos esperan debilitar a Irán los suficiente como para convertir la negociación sobre su programa nuclear en una rendición incondicional.
El problema es que se ha abierto la veda para violar sin rubor alguno las normas de Derecho Internacional Público que regulan las relaciones entre Estados, e Israel se está convirtiendo en un alumno aventajado que no se encuentra ya entre los países parias del planeta únicamente por tener a Estados Unidos como niñera.
Porque la realidad es que ha sido Israel el país agresor tanto en el caso de Irán como en la Franja de Gaza, sin que el atentado terrorista perpetrado por Hamás el pasado 7 de octubre justifique la invasión del territorio palestino y aún menos el asesinato indiscriminado de civiles inocentes.
En el caso iraní, es obvio que el ataque inicial lo realizaron las Fuerzas Armadas israelíes de forma injustificada y sin provocación. Que el Gobierno de Netanyahu considere el régimen de los ayatoláhs como una amenaza no justifica el bombardeo del país.
Además, el constante argumento norteamericano e israelí sobre la necesidad de acabar con el programa nuclear iraní para evitar el desarrollo de sus capacidades militares tampoco sirve en absoluto para justificar nada.
Guste o no, Irán tiene derecho a desarrollar, o incluso comprar, armas nucleares y si lo hiciera no incumpliría ninguna norma internacional porque no suscribió el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares de 2017, aunque sí ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1970 que restringe, pero no prohíbe, la posesión o desarrollo de armas nucleares.
La realidad es que ninguna potencia nuclear, incluyendo a EEUU e Israel, ha firmado ese tratado de prohibición absoluta razón por la que tienen tanto derecho como Irán a disponer de arsenales nucleares. Lo cierto es que solo han ratificado ese documento países que no disponen de armas nucleares.
Cuestión diferente es que a Tel Aviv, que ahora ejerce monopolísticamente el papel de matón del recreo en la zona, no le haga gracia que su vecino tenga su misma capacidad de destrucción.
Estamos en un momento de la Historia en el que la ley del embudo se aplica sin dismulo y las normas, incluyendo las internacionales, se aplican con más rigor a unos que a otros, y el motivo de que Irán tenga que renunciar a su derecho a poseer armas nucleares es simplemente que Estados Unidos e Israel lo han decidido así bajo la ley del matón del recreo: “o renuncias o te mato”.
Es curioso que este principio de desigualdad internacional lo esgrima el único país de la Historia que ha utilizado un arma nuclear contra seres humanos.
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