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Sábado, 24 de Mayo de 2025

Quizá el presidente Pedro Sánchez esté pecando de inoportuno en lo que a Israel se refiere con el comentario realizado en el Congreso, la polémica en Eurovisión y con las recientes declaraciones durante la celebración de un acto cultural, sin embargo, nadie le puede acusar en este ocasión de mentir. Y eso para nuestro presidente es de nota.

Que el indiscriminado exterminio de la población palestina en Gaza por parte del Ejército de Israel pueda calificarse perfectamente de genocidio es algo que no admite discusión, basta con ver las imágenes en los telediarios. Que la comunidad internacional mantiene una actitud permisiva hacia Israel a pesar de las barbaridades que está haciendo en Palestina mientras se rasga las vestiduras y llueven las sanciones cuando otros países hacen lo mismo o mucho menos, son realidades que resulta estúpido negar.

Es cierto, como dijo esta semana Sánchez que nadie se llevó las manos a la cabeza cuando se prohibió a los atletas rusos participar en las Olimpiadas tras la invasión de Ucrania o se sancionó a muchos de sus artistas impidiéndoles acceder al público occidental, en una nueva muestra de la mezquindad que caracteriza a las instituciones europeas. Castigar a los bailarines del Bolshói por las decisiones de Vladímir Putin y la actual tibieza cómplice antes los excesos de Bejamin Netanyahu, son buenas muestras de la inmoralidad que caracteriza a los oligarcas de Bruselas.

Pero aún peor es que este aciago episodio de la historia de Israel, y de todo Occidente, se esté llevando por delante dos pilares esenciales sobre los que se construyó la credibilidad de la democracia y el sistema de relaciones internacionales nacido en la segunda posguerra mundial.

En primer lugar, el pueblo israelí está dinamitando su propio legado histórico y malversando la herencia de la terrible experiencia que sufrió durante el Holocausto. ¿Qué credibilidad le queda a un pueblo que comete un genocidio cuando ha sido víctima de genocidio? Curiosa contradicción. El pueblo judío debe, tiene la obligación, de ser el más consciente de que no puede repetirse la historia y de que nadie debe volver a hacer lo que les hicieron a ellos.

La afirmación esta semana del primer ministro Netanyahu de que defender una Palestina libre es el nuevo "heil Hitler" resulta tan falsa como inapropiada, además de ser un insulto a todas las víctimas de los campos de concentración.

En segundo lugar, la otra herencia malversada es la nuestra, la de las democracias occidentales, que hemos enmudecido ante las acciones militares de exterminio sobre la población palestina de Gaza por miedo a que, al levantar la voz, pueda desatarse la furia del desequilibrado presidente de los Estados Unidos.

Nos guste o no, Pedro Sánchez ha sido el único que, por valentía o o por inconsciencia, ha alzado la voz para decir que no valen dos varas de medir.


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