De nuevo, la mayor parte de los ciudadanos presenciamos con estupefacción otro de esos capítulos en el que nuestros políticos nos retrotraen a la España de los años 50 del pasado siglo. Porque el espectáculo que estamos ofreciendo al mundo desde el Aeropuerto de Barajas no llega siquiera a ser propio de un país en vías de desarrollo.
Los españoles aún no entendemos cómo el principal aeropuerto de España se ha convertido en vivienda para mendigos y marginados de diferente naturaleza; ni entendemos que las tres administraciones no hagan nada para impedirlo, salvo culparse unas a otras para evitar enfrentarse a un desalojo forzoso con el que la autoridad actuante sería acusada de aporofobia, de ser insolidaria y racista por parte de todos esos sinvergüenzas que han convertido la corrección política en una lucrativa forma de vida.
Y no dejamos de sorprendernos cuando los telediarios nos cuentan lo de las plagas de chinches, pulgas, garrapatas y otros insectos aparecidas desde que una de las plantas del aeropuerto se ha convertido en dormitorio social, o de las empleadas de limpieza hablando de jeringuillas en los lavabos mientras Gobierno central, autonómico y municipal han permanecido indiferentes durante meses ante esta situación hasta que los medios de comunicación han formado tanto jaleo que los representantes políticos han empezado a hacer su trabajo movidos únicamente por el temor a perder intención de voto.
Sin embargo nos preguntamos cómo se ha podido llegar a este punto en un recinto que es la principal puerta de entrada y de salida de nuestro país, y la primera o última impresión que se lleva todo el que nos visita. Más aún, nos preguntamos para qué sirven todos esos policías nacionales, guardia civiles y vigilantes jurados que deben garantizar la seguridad en un recinto en el que, obviamente, no hay seguridad alguna.
Si en un aeropuerto un pasajero no puede descuidar un minuto su equipaje sin que aparezca un uniforme haciendo preguntas sobre sus propietarios, ¿cómo pueden mudarse a vivir allí quinientos indigentes con carritos de supermercado cargados con todos sus bártulos sin que nadie les diga nada? Son los mismos aeropuertos en los que aparece una grúa para llevarse cualquier vehículo que lleve mal aparcado unos pocos minutos. O tal vez sea esa justamente la razón y el Ministerio del Interior ha permitido el acceso a los indigentes porque normalmente no tienen coche.
Porque aunque las tres administraciones tienen su parte de culpa, el principal responsable de que esto haya sucedido es el Gobierno central al tratarse de un recinto de alta seguridad dependiente del Ministerio de Transportes y vigilado por Las Fuerzas de Seguridad del Estado. Y, dentro del Gobierno, es el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, el responsable número uno por ineptitud e indolencia.
¿De verdad que nadie en ese ministerio se ha planteado lo que puede pasar en un aeropuerto internacional transitado por decenas de miles de personas diariamente, un recinto de seguridad en el que se permite el acceso de medio millar de desconocidos, muchos de ellos extranjeros, no identificados o indocumentados, que ocupan la planta baja llevando unos carritos que pueden cargar hasta 400 kilos de cualquier cosa? ¿De verdad somos tan incompetentes?
Una vez más, PP y PSOE deberían dejarse de estupideces y no olvidar que en el 11-M los terroristas mataron a 192 personas y otras 2.000 resultaron heridas con menos de 53 kilos de explosivo.
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