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Lunes, 10 de Marzo de 2025

Los líderes europeos están transmitiendo una sobreactuada sensación de emergencia en lo que se refiere al anunciado aumento del gasto en defensa tras el aviso de Donald Trump de que su país no va a seguir financiando la mayor parte de la defensa occidental.

Este anuncio ha provocado una también sobreactuada reacción de pánico entre unos jefes de gobierno europeos que desde luego no se caracterizan por su entereza. En realidad, la sensación que están trasladando a la ciudadanía es la de “¡que vienen los rusos!”, pero que vienen ya, y que el presidente norteamericano se quedará mirando desde la barrera cuando las tropas del Kremlin desfilen por la Castellana.

De esta forma, el pusilánime liderazgo europeo pretende que los contribuyentes traguemos con el descomunal gasto de 800.000 millones de euros propuesto por Ursula von der Leyen para ponernos al día en inversión en defensa.

Los Veintisiete estudian de dónde sacar esa cantidad y, por supuesto, el crédito ha sido la primera respuesta que les ha venido a la cabeza, aunque lo que la Comisión Europea no está explicando al contribuyente es que esa monumental deuda también va a recaer sobre sus ya sobrecargadas espaldas.

Sin embargo, viendo la falta de templanza que están demostrando los que están tomando estas decisiones, preocupa que gasten ese dinero con la misma emergencia con la que están actuando.

Porque, aunque no podemos arrastrar los pies, tampoco hace falta salir corriendo sin saber hacia donde, comprando armas a tontas y a locas, sobre todo porque no va a servir para nada. Un proceso de rearme como el que pretende iniciar el Occidente europeo requiere más tiempo que dinero y, si nos ponemos hoy manos a la obras, no lograremos resultados significativos hasta dentro de una década, como mínimo, y serán solo parciales.

Unificar y coordinar la actuación y los recursos de los ejércitos de los treinta y tantos Estados miembros de la OTAN es un reto casi imposible si atendemos al hecho de que llevamos intentándolo desde la fundación de la Alianza en 1949. Además hará falta un acontecimiento milagroso: que por primera vez los líderes europeos actúen como uno solo.

Habrá que poner en marcha un complejo industrial militar mucho más grande que el actual y hacer esfuerzos inversores multimillonarios en investigación y desarrollo antes de empezar a producir algo que pueda disparar.

Y lo más preocupante es que seguramente los líderes europeos, en su deseo de que Donald Trump nos perdone la vida, optarán por comprarle a los norteamericanos hasta los cordones de las botas de los soldados y perpetuar así la relación de dependencia con Washington, a la vez que se mantiene la infrainversión en la industria de defensa europea, evitando a la vez que podamos competir con la de EEUU, algo que sin duda también agradará a Trump.

Hay que cortar el cordón umbilical con la Casa Blanca, sobre todo porque así lo quiere su presidente, y habría que hacerlo con un esfuerzo europeo común y unificado, olvidando el espíritu de “Estado miembro” que primero actúa como Estado y solo después como miembro de ese proyecto común que hoy ha quedado reducido a un gran mercado entregado a intereses financieros y especulativos. Un mercado en el que los ciudadanos son únicamente el medio para enriquecer y mantener los privilegios de una clase política dedicada a proteger a esos oligarcas económicos.

Sería de necios creer que, por lo preocupante de la situación, ese vuelco podría llegar a producirse para alcanzar el objetivo común de protegernos a todos lo mejor posible. No sucederá, nuestros líderes políticos son demasiado estúpidos para darse cuenta de que Roma se quema y nuestros oligarcas económicos demasiado inmorales y avariciosos para pensar en nada en común.


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