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Miércoles, 23 de Septiembre de 2026

El denominador más común en las intervenciones que estamos viendo en esta 81ª Asamblea General de Naciones Unidas es el de las críticas de los mandatarios hacia la Organización por su falta de eficacia, lentitud e incapacidad para cumplir sus funciones.

Estas críticas son tan ciertas como injustas. El actual desorden del orden internacional no es consecuencia de la ineptitud de la ONU sino justo al contrario; tiene su origen en que cada vez son más los países que se saltan esas normas de Derecho Internacional que nos fijamos a partir de la segunda posguerra mundial, lo que inevitablemente debilita a todas las instituciones internacionales que creamos para ordenar nuestra convivencia.

En realidad más correcto que pensar que Naciones Unidas ha quedado reducida a una carísima inutilidad, sería reconocer que varios de los países más importantes del mundo han comenzado a incumplir la legalidad internacional utilizando la fuerza como argumento para imponer su criterio al resto de la comunidad. Rusia, Israel o Estados Unidos son los principales Estados que han decidido saltarse las normas de esa comunidad internacional y actuar como lo hizo la Alemania de Adolfo Hitler en septiembre de 1939 cuando invadió Polonia y empezó a poner el mundo patas arriba.

Ucrania, Gaza, Cisjordania Venezuela, Cuba, Dinamarca e Irán son solo las primeras víctimas de esta ley del más fuerte que se está imponiendo en el nuevo desorden para el que la ONU es un estorbo, una molestia que, aún sin capacidad para impedir los excesos de los nuevos amos del mundo, aún conserva parte de ese "superpoder" de lograr la reprobación moral de gran parte de la Humanidad cuando señala a un país con su dedo acusador y eso, a pesar de la arrogancia de la que hacen gala en público de Putin, Netanyahu o Trump, les ofende. Históricamente los megalómanos narcisistas con desviaciones tiránicas siempre han llevado bastante mal lo de que su propia población les desprecie.

Naciones Unidas no fue diseñada para morir por fuego amigo, su Carta de constitución no planteó la posibilidad de que Estados Unidos, el principal impulsor de su creación en 1945, se convirtiera en el Brutus que la apuñalara en la Curia. Tampoco había previsto que la misma Rusia que perdió a casi 27 millones de ciudadanos en la Segunda Guerra Mundial, se lanzara ahora contra un país hermano sacrificando aún no se sabe cuántas cientos de miles de vidas en ambos bandos y sin prestar la más mínima atención a esa legalidad internacional en la que la Organización ejerce de árbitro. Menos aun podía prever la Carta de Naciones Unidas que un pueblo que fue víctima de un genocidio en el pasado terminara convirtiéndose en genocida sin importarle estar cometiendo abiertamente delitos contra el Ordenamiento Jurídico Internacional.

La 81ª Asamblea General comenzó ayer en Nueva york con las descalificaciones contra la institución por parte del que se supone es el principal líder del mundo libre, también contra la Corte Penal Internacional y contra cualquiera que no se pliegue a sus deseos; durante esa misma intervención amenazó con "aniquilar" a Irán para luego extenderse en elogios sobre sí mismo dando de nuevo muestras de una preocupante inestabilidad mental.

Con ese panorama, la principal pregunta que debemos hacernos no es si la ONU es eficaz sino cómo sigue sobreviviendo a pesar de todo.

La autoridad de las Naciones Unidas, y por tanto su credibilidad, procede del pequeño tanto por ciento de poder soberano que le delega cada uno de los Estados miembros, si los principales le retiran sus cuotas de soberanía solo porque no se les aplaude cada vez que cometen un delito internacional, lo más lógico sería que abandonaran la Organización. Es un contrasentido pertenecer a un club si no tienes intención de cumplir sus normas.


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