Aún a riesgo de ser ejecutado al amanecer, considero sobreactuado, desmedido, sobredimensionado y sobrevalorado todo lo relacionado con el fútbol, empezando por la actual euforia nacional.
Es cierto que no soy aficionado al fútbol, en realidad a ningún deporte en equipo que requiera esfuerzo físico, por eso sí jugué durante algún tiempo al ajedrez y, aunque siempre perdía, lo hacía sentado; también me gusta mucho el billar porque acostumbro a practicarlo con una botella de vino y con un puro, además el esfuerzo que exige es aceptable; por supuesto, el tiro de precisión, arte en el que destaqué notablemente en mis años mozos, quizá porque se dispara tumbado. Los demás deportes me son indiferentes independientemente de su espectacularidad, pero esto no me sucede con el fútbol porque su incidencia en nuestras vidas es ya de tal intensidad que resulta difícil, sino imposible, sustraerse a la irracionalidad de muchas de sus circunstancias.
No alcanzo a entender por qué despierta esas pasiones colectivas un simple deporte, ni por qué personas normales, templadas y pacíficas, se convierten en auténticos energúmenos cuando ven un partido que debía ser motivo de entretenimiento y diversión; el simple hecho de que el Ministerio del Interior otorgue una calificación de riesgo a cada encuentro y que haya que desplegar miles de policías para evitar que los aficionados se maten entre ellos, o maten al primero con el que se crucen e impedir que destrocen la ciudad donde se juega, es bastante indiciario de que hay un problema, bien en el deporte o bien en su afición. Que la violencia que acompaña al fútbol no se produzca en ningún otro deporte, permite sospechar que algo estamos haciendo mal.
El que los periodistas de los grandes medios de comunicación utilicen siempre una dialéctica bélica para ofrecer la información sobre fútbol, desde luego, no ayuda. Tampoco invita a la racionalidad y al sentido común el desmedido entusiasmo que muestran cuando se gana un partido, como el mundial de ayer, o al referirse a jugadores a los que subliman al nivel de cuasidioses por pegar patadas a una pelota. Presten atención durante estos días a la forma de hablar sobre el asunto a los profesionales de los informativos en televisión, que parecen cumplir una profesión de fe, un dogma, para demostrar al público que es su cadena, y no otra, la que más admira a la Selección y más festeja el triunfo.
Mi impresión es que los dos grandes poderes, el político y el económico, han convertido deliberadamente al fútbol en el nuevo opio del pueblo. Con la crisis de fe que padece España, la religión ya no sirve. Siempre he tenido la sensación de que con este deporte se repite la fórmula de la Roma imperial, cuando los césares callaban al pueblo a base de "pan y circo"; dicen que el general Franco tuneó este principio y lo convirtió en "pan y fútbol". En la actualidad parece que ha vuelto a ser modificado, suprimiendo el pan y ofreciendo doble ración de fútbol. Si bien, hay que reconocer que se ha convertido en un magnífico analgésico popular, hasta el punto de que tanto las victorias como las derrotas en los estadios afectan a la inmensa mayoría de la población con mucha más intensidad que los asuntos realmente importantes.
Sí es cierto que se trata de una actividad que genera una economía destacable y, lo que es más importante, se trata de un muy relevante unificador nacional, en realidad casi el único si atendemos a que nuestro Gobierno es el primero que pretende despedazar España. Ha sido una inmensa alegría ver un mar de banderas nacionales ondeando en la cara de los traidores secesionistas y ello a pesar de lo limitado de la compresión popular, que se envuelve en los colores nacionales por un partido de fútbol mientras permanece mansa cuando realmente hay que salir a gritar ese "¡vamos España!" que tanto gusta a los aficionados a este deporte.
¿Dónde estaba la "furia española" cuando unos traidores celebraron un referéndum ilegal para intentar independizar parte del territorio nacional, o a la hora de impedir que el Gobierno ponga en libertad a terroristas condenados por múltiples asesinatos cometidos con una brutalidad inenarrable?
Sé que no está de moda, pero no me gusta cómo un deporte ha sido deliberadamente convertido en un instrumento de distracción, ni le veo sentido a una "furia española" que dura poco más que un partido, y eso cuando ganamos.
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