Observo con aburrido cansancio el último auto de fe que se han inventado esta semana los cretinos que militan en la inquisición de la fingida corrección política por el comentario de Mariano Rajoy sobre los jugadores del equipo francés de fútbol.
Fue muchos años antes de la pandemia cuando el virus de la ridiculez y de la histriónica afectación debió empezar a contagiar a nuestras élites para luego propagarse sin control alguno entre nosotros, los ciudadanos de a pie, hasta reducirnos al país de mansos indolentes que somos hoy.
Lo que naturalmente solo era una broma se convirtió, de nuevo, en causa de santo oficio, mientras los inquisidores, tanto los que lo son como los que fingen serlo, volvieron a los medios de comunicación a rasgarse las camisas exigiendo llevar al expresidente Rajoy a la pira purificadora por la que debe pasar todo aquel que no cumpla con ceguera mística los dogmas de fe inventados por estos falsos profetas que han descubierto que ser inquisidor puede ser una profesión, y muy lucrativa.
El asunto es aún más cómico si pensamos que Mariano Rajoy no solo ha dicho algo en lo que probablemente coincidimos la mayoría de los ciudadanos sino que, además, tiene razón. Los nacionales de origen -que es a lo que se refería el expresidente como bien sabe cualquiera que tenga un poco de sentido común- en muchos equipos europeos son cada vez menos, hasta el punto de que algunos de ellos, incluidos varios españoles, deberían jugar vestidos de cascos azules bajo la bandera de las Naciones Unidas y no bajo los colores de territorios a los que no representan.
Inevitablemente, con la habitual mediocridad que caracteriza a nuestra clase política, en esta ocasión ha sido la izquierda la que se ha lanzado sobre la derecha, mesándose los cabellos por el racismo y la xenofobia del mensaje de Rajoy, aunque no logro ver la relación entre la evidente desnaturalización poblacional que se está produciendo en Europa y una cuestión racial o de odio hacia los extranjeros. Lo cierto es que el rencor más común entre los ciudadanos no es hacia el inmigrante sino hacia los políticos nacionales que llevan décadas permitiendo, cuando no incentivando, este descontrol. Precisamente Rajoy fue uno de ellos; Pedro Sánchez solo está siendo el último en aprovecharse de las circunstancias y hay que reconocerle que es el único presidente que lo hace por un motivo y con un objetivo: provocar un pucherazo legal en futuras elecciones para perpetuarse en el poder. Sus antecesores hicieron los procesos de regularización por simple irresponsabilidad.
En fin, de tratarse de tirar a gente al mar, lo más coherente no es empezar por los migrantes sino por el Congreso.
Y mientras PSOE y partidos parásitos han aprovechado esta chorrada para montar un numerito a ver si logran que los españoles no se pregunten por qué el número de regularizaciones indiscriminadas que pretenden aprobar va ya por tres millones, los franceses también se han enfadado con Rajoy y esgrimen la "diversidad", el ser un país formado por gente de todos sitios, incluso de allí, como una de las grandes virtudes de la nación. Algo que es totalmente respetable si es esa la Francia que quieren los franceses y a pesar de que la tendencia de voto de los últimos años no apunte en ese sentido.
España todavía no es Francia pero cada vez se parece más, al fin y al cabo seguimos el mismo peligroso camino, e igualmente la tendencia de voto indica que somos cada vez más los españoles que no queremos esa España "diversa" y "multicultural" que pretenden fabricar artificialmente para crear una legión de nuevos siervos que voten al césar.
Resulta hasta irónico que muchos de los inmigrantes que llegaron a España huyendo de regímenes totalitarios vayan a resultar esenciales para importar a nuestro país el modelo tiránico que les obligó a huir.
Comentarios potenciados por CComment