Herramientas de Accesibilidad

Skip to main content
Sábado, 20 de Junio de 2026
Por Fernando Madariaga

Como era previsible, durante su visita a Canarias, el papa nos pidió más solidaridad, más resiliencia y una mayor integración de los inmigrantes que entran irregularmente en nuestro país. En resumen, que nos aguantemos con lo que hay y, como al turista, al inmigrante irregular, una sonrisa. Sin embargo, se equivoca.

Por supuesto, nadie esperaba que León XIV iba a animar al Gobierno español a hundir las pateras en altamar o a perseguir inmigrantes por las calles para deportarlos como si fuésemos el Estado número 51 de los Estados Unidos de Trump. No obstante, como tanta otra gente que se conmueve ante dramas humanos que no conoce, el Sumo Pontífice cometió el error de opinar sobre un tema acerca del cual no parece tener demasiada idea, algo por cierto bastante común cuando se habla de inmigración irregular.

Seguramente unos de los más satisfechos sea nuestro presidente del Gobierno, pues el discurso papal legitima, al menos moralmente, el pucherazo electoral en diferido que prepara Sánchez a través del proceso de regularización extraordinario con el que pretende "reinclinar" el voto hacia su partido, o tal vez directamente hacia su persona. Sin embargo, lo que defendió el Santo Padre es justamente un manual de lo que no se debe hacer, salvo que se pretenda convertir la trata de seres humanos en un negocio aún más multimillonario. De hecho, es más que probable que el mensaje que dejó en el puerto de Arguineguín haya servido para promocionar a los nuevos "negreros" y animado a otro montón de extranjeros a entrar ilegalmente en nuestro país.

León XIV solo insistió en recordarnos nuestras obligaciones a los países receptores, sin embargo no hizo reproche alguno a los emisores, a esos Gobiernos que permiten, cuando no animan, a sus nacionales a jugarse la vida en el mar; tampoco se refirió el Pontífice en ningún momento a las obligaciones que incumplen esos gobernantes que son incapaces de proporcionar a sus gobernados las mínimas condiciones para tener una vida digna, algo de prosperidad, incluso de esperanza o de cualquier otro motivo que les lleve a no querer escapar de su propio país.

También se equivocó al pedirnos facilitar la integración de todos los extranjeros que recibimos creando una imposible amalgama de culturas, religiones y hábitos sociales que termine desnaturalizando nuestro país, insisto en lo de nuestro.

En cualquier caso, el deseo del papa no se cumplirá, esa integración jamás se producirá por la sencilla razón de que las diferencias de forma de vida entre algunas nacionalidades son irreconciliables cuando no antagónicas, como demuestran los numerosos incidentes que se produce con determinados colectivos de inmigrantes que tienen en común concretas procedencias geográficas. Es el inevitable choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington.

No es por casualidad, sino por lógica, que la adaptación de la inmigración latina a la forma de vida de los españoles resulte para ambos bastante sencilla en relación con otros grupos con culturas, formas de vida o religiones que son incompatibles con España, Europa e incluso Occidente. El Santo Padre, obviamente, no iba a criticar el producto que vende, pero no todas las religiones llaman a la convivencia, no todas predican el amor al prójimo, ni unen sino que separan. Los cristianos somos los únicos que debemos poner la otra mejilla, razón por la que la inmigración irregular nos está abofeteando.

Y puesto que las lecciones de moralidad siempre nos toca recibirlas a los que estamos soportando y pagando el peso de esa inmigración irregular, es oportuno recordar que precisamente entrar en El Vaticano ilegalmente está penado con 25.000 euros de multa y entre 1 y 4 años de cárcel, lo que hace que no exista migración irregular hacia ese Estado. Predicando con el ejemplo.


Comentarios potenciados por CComment