La democracia parece haber acabado su ciclo vital y, al igual que tantas otras veces a lo largo de la Historia, la reaparición de liderazgos cada vez más autocráticos apunta a que los principios que han regido nuestras vidas desde la segunda posguerra mundial, están dejando de ser válidos.
Y aunque Donald Trump es el gran impulsor de este nuevo desorden internacional no ha sido desde luego el causante. Vladímir Putin, Behamin Netanyahu y alguno más ya habían creado escuela cuando el histriónico presidente norteamericano aún no había empezado este mandato.
Si uno invadía Ucrania, el otro hacía lo propio con Líbano y con los territorios palestinos, saltándose las más elementales normas del Derecho Internacional Público, que es el que impide -o lo intenta- que los países nos matemos entre nosotros; lo único que ha hecho Trump es seguir el ejemplo e intenta coger lo que quiere cuando quiere.
Por suerte y casi por sorpresa, podemos ver con satisfacción que, por muy poderosos que sean los países que gustan de aplastar a los débiles, solo uno se ha rendido sin resistencia, Venezuela. El presidente norteamericano ya no parece tan interesado en quedarse con Groenlandia desde que ha quedado claro que los pocos que viven allí no quieren ser norteamericanos. En Irán se avecina un anunciado desastre para Trump, probablemente en noviembre, cuando los ayatollahs le hagan sudar las elecciones de medio mandato. El también todopoderoso Putin no ha sido capaz de ocupar una Ucrania, que es infinitamente más débil, mientras Israel ha convertido el genocidio en la cruel pataleta de un Netanyahu que se sabe incapaz de alcanzar una victoria clara y definitiva en todos los frentes que tiene abiertos.
Y salvo en el caso venezolano, donde el régimen de Maduro y sus Fuerzas Armadas han demostrado no estar en absoluto comprometidos en la defensa de la soberanía de su país, algo por otro lado bastante común en los regímenes absolutistas liderados por bocazas, sí parece claro que los países agredidos, a pesar de ser más débiles, han preferido luchar, demostrando la veracidad de ese principio que enseñan en primer curso de cualquier academia militar que dice que sin tropas sobre el terreno no se puede invadir nada.
Ahora queda la duda de Cuba.¿qué harán los cubanos? ¿serán los próximos venezolanos o darán la sorpresa y los corderos se convertirán en leones? ¿Hay algo tras tantos años de verborrea castrista sobre la revolución y la defensa de la patria ante el invasor capitalista o estamos ante otros bolivarianos de salón?
Esa duda sin embargo, no hace olvidar el hecho de que Donald Trump está utilizando la infame táctica de hacer sufrir a la población civil en su intento de que sean los propios cubanos los que se rebelen y, tras matarse entre ellos, le entreguen el país para volver a convertirlo en la casa de putas de los turistas norteamericanos que ya fue en la época de Batista. Es probable que incluso la Cuba norteamericana termine sien do otra vez el paraíso del juego propiedad de la mafia, como en los años cincuenta. En fin, con los antecedentes de Trump, es seguro que no hará de la isla un destino para el turismo cultural.
Aunque, en realidad, los primeros en abandonar el barco incluso antes de empezar a hundirse no han sido los venezolanos sino los españoles, al menos las dos grandes cadenas hoteleras de nuestro país que gestionan allí numerosos establecimientos y que han plegado velas a toda prisa para evitar contrariar al caprichoso líder norteamericano sin que parezcan haberse planteado aquello de la honra sin barcos a la que se refirió el almirante Méndez Núñez.
Esperemos que los cubanos tengan algo más de arrojo que nuestros hoteleros porque si se pliegan a la injusticia impuesta por otro déspota poderoso perderán mucho más que un negocio y, tarde o temprano, terminarán de nuevo en Sierra Maestra luchando contra las tropas de otro Batista.
Comentarios potenciados por CComment