No es necesario salir corriendo presas del pánico cada vez que Donald Trump lanza una de sus amenazas bíblicas contra algún país que no le cae bien, sobre todo porque la experiencia nos ha enseñado que, como cualquier bocazas, no tarda demasiado en acobardarse.
La noticia de que circula un mail por el Pentágono fantaseando con la idea de "suspender" a España como miembro de la OTAN y de reconsiderar la postura norteamericana en lo relativo a la soberanía británica sobre las islas Malvinas, como formas de "castigar" a los socios europeos que no han apoyado los bombardeos sobre Irán, solo son otros dos ejemplos de la cantidad de estupideces que puede parir una administración pública cuando actúa como un niño malcriado al que se le niega algo por primera vez.
La idea de "suspender" a España de la OTAN no es más que una muestra de la ignorancia de los autores de tan infantil estrategia. Ningún miembro de la Alianza puede ser "suspendido" ni expulsado, sencillamente esas posibilidades no se contemplan en el Tratado del Atlántico Norte de 1949, texto fundacional de la organización.
Personalmente creo que ni Pedro Sánchez ni ningún otro cargo del Gobierno debería hacer comentario alguno al respecto porque salir al paso de una estupidez solo es propio de estúpidos.
De hecho, ya puestos, habría sido bastante menos estúpido, casi inteligente, "suspender" a la Hungría de Victor Orban que, desde que llegó a la presidencia en 2014, ha estado pasando información a Vladímir Putin tanto de la UE como de la OTAN, como saben de sobra en Bruselas.
Además, esta última rabieta de Donald Trump es totalmente injustificada por cuanto la OTAN solo cubre las necesidades defensivas en el ámbito geográfico del Atlántico Norte, como indica el nombre de la organización, por lo que Estados Unidos no podía invocar -y no lo hizo- el artículo 5 del Tratado que activa la defensa colectiva cuando uno de los miembros es atacado, que no es lo mismo que ser el atacante.
Si el presidente norteamericano pretendía el apoyo de sus aliados, lo lógico es que hubiera informado previamente de que iba a bombardear ilegalmente Irán, por segunda vez. Es cierto que el resultado habría sido el mismo, ningún Estado de la UE y/o de la OTAN se habría sumado a una aventura tan descabellada.
No obstante a la Casa Blanca le queda la opción de convencer al mayor número de miembros de la Alianza para pedirle a nuestro país que abandone voluntariamente la organización. Eso sí podríamos hacerlo y, tal vez, de llegar a ese extremo, deberíamos hacerlo. No tiene sentido permanecer en un club donde no nos quieren.
En todo caso, antes de cometer otra estupidez, Trump debería preguntar a sus altos mandos militares qué consecuencias tendría para Estados Unidos y la OTAN quedarse sin bases en nuestro país. Y tratar de no despedir a aquellos miembros de su administración que intentan hacerle razonar.
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