Como nos ha vuelto a demostrar hace unos días Donald Trump al tener que tragarse las condiciones iraníes para el alto el fuego horas después de manifestar solemnemente que iba a aniquilar a toda la civilización persa, en política lo de ser un bocazas no suele llevar a buen puerto.
Esperemos que después de este último papelón de su presidente, los norteamericanos se den cuenta de que no está bien y de que sería conveniente que se sometiese a una revisión psicológica o psiquiátrica -mejor a ambas- para determinar clínicamente si está capacitado para desempeñar el cargo.
Es cierto que su actitud, formas de reaccionar, de expresarse y, sobre todo, sus decisiones apuntan desde los primeros días de su mandato a que hay algo que no va bien en el cerebro del presidente, pero han sido las últimas cuarenta y ocho horas las que han despertado una especial preocupación mundial al verle perder los papeles en su red social presa de un incontrolado ataque de ira y, a las pocas horas, anunciar la próxima destrucción de la civilización persa. En los informativos de televisión dicen que esto último ha alarmado incluso a sus más fieles seguidores en el llamado movimiento MAGA y desde luego el asunto no es para menos, ni Adolfo Hitler anunció públicamente su intención de cometer un genocidio. Lo único que le falta ahora es insistir en lo del Nobel de la Paz.
Sin embargo, y como ya hemos podido comprobar en ocasiones anteriores, por muy desequilibrada que esté una persona, hay algo que siempre tiene muy claro: lo que más le conviene. Los majarones no son estúpidos y tienen un acentuado sentido de la supervivencia que les convierte en totalmente coherentes y egoístas cuando se trata de salvar el propio pellejo.
En esa línea de actuación el presidente de los EEUU ha vuelto a hacer lo que mejor sabe en el ejercicio de su cargo, liarla en perjuicio de la mayor parte de la Humanidad y quitarse de en medio cuando la cosa se le va de las manos.
A día de hoy, el balance que tenemos de la guerra que comenzó porque sí contra Irán es el que ya anunciamos prácticamente todos los que hemos opinado públicamente sobre el asunto, iba a perder y ha perdido, En realidad, hemos perdido todos por su culpa.
Los ayatolás se han dado cuenta de que no importa demasiado cuántos barcos, aviones y misiles hay en tu arsenal si no tienes combustible para moverlos, y que la bomba atómica que siempre han tenido sin saberlo es el estrecho de Ormuz. Gracias a Trump se han dado cuenta de ello y a partir de ahora pretenden cobrar un canon a cada barril que transite por sus aguas. Un coste que terminará pagando el consumidor final, nosotros.
Además, no es cierto lo avanzado por el mandatario norteamericano de la renuncia iraní a su programa nuclear. Eso no ha pasado y es muy improbable que los norteamericanos consigan ese compromiso de Teherán en las negociaciones de paz que empiezan hoy sábado.
Y entre otras exigencias, los ayatolás quieren, lógicamente, que se les indemnice por haberles destruido una parte del país y no será nada extraño que terminemos pagando la reconstrucción incluso los que no hemos participado en esta estupidez.
Trump ha conseguido justamente lo contrario a lo que pretendía. El régimen clerical chií de Irán ha salido reforzado al haber obligado a hincar la rodilla al “gran Satán” solo porque el presidente norteamericano ha cometido -gracias a Dios- un error básico en estrategia de conflictos: amenazar con el uso de la fuerza sin estar dispuesto a usarla.
Los estadounidenses aún no son conscientes de cuánto acaba de debilitar Donald Trump a su propio país.
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