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Por Fin
Por Fin
Miércoles, 14 de Enero de 2026
Por Fernando Madariaga

A pesar de mi casi absoluta ignorancia en todo lo relacionado con la música, debo confesar que nunca me ha gustado Julio Iglesias como cantante, sus temas siempre me parecieron excesivamente ñoños.

Sin embargo eso no quiere decir que esté a favor de que sea fusilado al amanecer sin juicio previo por los casos de acoso sexual que las supuestas víctimas dicen haber sufrido hace unos años. Y eso es justamente lo que está sucediendo desde que se hizo pública la noticia.

El espectáculo que están ofreciendo los mediocres medios de comunicación españoles, magnificando la noticia para poder rellenar al precio más barato unas parrillas con todo tipo de basura solo interrumpida por la cansina y eterna sucesión de anuncios publicitarios, dice mucho sobre el nivel de nuestros periodistas.

Ni tan siquiera los informativos nacionales de las grandes cadenas, último reducto que quedaba al ciudadano para enterarse algo de en qué mundo vive, han resistido el asalto de la cutrez, mediocridad y politización con las que España parece maldita desde hace unas dos décadas. Hasta han recopilado antiguas grabaciones de años atrás de momentos en los que el cantante besaba a cualquier mujer para “adornar” la noticia e ir dando carroña a esos tertulianos que pàsan horas y horas diciendo gilipolleces ante las cámaras. Y encima les pagan por ello, lo que hay que ver.

Por su parte, la mayoría de los personajes públicos que se han precipitado a pronunciarse sobre algo que aún no ha pasado no lo han hecho con más nivel que los medios de comunicación y, desde luego, destaca por su cargo Ana Redondo, la ministra que debería serlo de “Desigualdad” por su manifiesta capacidad para discriminar a cualquiera que no comulgue con los dogmas de género del actual Gobierno “progresista”.

Esta misma mañana, Redondo ha sentenciado y condenado al cantante al asegurar ante las cámaras que, independientemente de su calidad artística, Julio Iglesias puede perfectamente tener una cara oculta como depredador sexual. Y no pareciendo satisfecha a pesar de su torpeza, afirma también que cree a las supuestas víctimas a pesar de no saber si están diciendo la verdad y a pesar de que ni tan siquiera hay un proceso judicial abierto al respecto. Para que luego digan que la gente de izquierdas no tiene fe.

Obviamente, esta ministra no desentona con el nivel de los restante miembros de la cuadrilla de Pedro Sánchez, aunque alguien debería indicarle que un miembro del Gobierno no puede elevar a declaraciones públicas comentarios que solo han lugar en la barra de un bar de medio pelo.

Rápidamente, al auto de fe convocado por Redondo se ha ido sumando el mismo rebaño que vive a costa de la importante cantidad de dinero público que este Ejecutivo destina a asegurarse de que la diferencia de sexos continúe siendo un problema subvencionable. Lo que concluye en que desde ayer por la noche, cuando se hizo pública esta noticia, se han escuchado o leído todo tipo de sandeces en un montón de televisiones, emisoras y periódicos a pesar de que solo Iglesias y las denunciantes saben lo que realmente sucedió.

Que es el principal, sino único, asunto que debería importarnos ahora: el ser conscientes de que la información, la de verdad, se limita a que dos exempleadas de Julio Iglesias han presentado denuncias por unos presuntos abusos sexuales. El resto, más que especular, es espectáculo, el show.

Y demasiadas veces ese espectáculo destruye vidas de personas que aún no son culpables y de otras que eran inocentes. Aunque cuando eso sucede los periodistas no suelen pregonar con igual vehemencia el veredicto; como herederos de la Santa Inquisición, lo de un auto de fe que termine sin sangre o sin quemar a alguien ni hace tanta gracia, ni vende tanto.

Quizá este es uno de esos casos excepcionales en los que el peso de la ley es más leve para el ciudadano normal y corriente que para una celebridad. Acusar a un don nadie de un presunto abuso sexual carece de interés informativo, político y económico, por lo que el perjuicio que se hace a su vida privada es mucho más limitado que el infligido a una personalidad pública.

La incostitucionalidad de la legislación de género aprobada por un Gobierno cegado por dogmas ideológicos hace que, de facto, Julio Iglesias ya haya sido condenado. Sin juicio, sin fiscal ni abogado, solo una sentencia inapelable dictada por los telediarios, programas del corazón y, por supuesto, por los representantes progres de una clase política que han de mostrarse ahora ejemplarizantes tras ocultar durante años los abusos sexuales en las filas de sus propios partidos.

Irónicamente los mismos políticos que claman ya por despojar de todo premio y reconocimiento a nuestra más internacional estrella.

Iglesias ya ha comenzado a cumplir condena. Que finalmente resulte culpable o inocente no parece demasiado relevante.

Como bien decía Freddy Mercury, “show must go on”.


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