En la precipitada huida hacia delante de nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, una de las peores ideas que ha tenido es la más reciente de pretender desplegar tropas españolas en dos conflictos a los que nadie nos ha llamado, Ucrania y Gaza.
Todos somos conscientes de que, agonizando políticamente, a Sánchez no le preocupa en absoluto ninguno de los dos. Se trata de polemizar con la coyuntura internacional para intentar reducir la presión de la situación nacional, pero plantearse seriamente alguno de esos despliegues es, a día de hoy, una irresponsabilidad cuando no una estupidez.
Desde luego, la iniciativa del presidente no es ni tan siquiera un esbozo de plan cuando ni tan siquiera existe acuerdo alguno para alcanzar un alto el fuego -no ya la paz- en Ucrania y que Israel ni se plantea lo de desplegar en Gaza tropas extranjeras que obstaculicen la limpieza étnica que está realizando tanto en la Franja como en buena parte de Cisjordania.
Evidentemente ni sus socios de Gobierno ni el PP son tan torpes como para apoyar en el Congreso una alocada aventura sin contar con el apoyo de la comunidad internacional, en concreto de la ONU. Sin embargo, lo que es seguro es que, incluso alcanzado un acuerdo de paz en Ucrania, Rusia no va a permitir el despliegue de tropas de un país de la OTAN. Es posible que no lo permita aun amparadas por Naciones Unidas, cuando el principal motivo de la invasión fue precisamente el rápido y progresivo acercamiento de Kiev a la Alianza.
Si se llega a una situación de fin de las hostilidades, es muy probable que, como mucho, Moscú solo acepte el despliegue de un contingente de cascos azules pertenecientes a países ajenos al conflicto. Y desde luego es la mejor idea para evitar un enfrentamiento directo entre bloques, sobre todo cuando Estados Unidos, el principal socio atlántico, ha demostrado que no tiene la mínima intención de hacer nada para ayudar a la Europa continental.
Concretamente, el pasado jueves, el Kremlin insistió en que las tropas de la Alianza en Ucrania serían consideradas como fuerzas enemigas.
En el otro frente, el de Gaza, Israel ni tan siquiera ha prestado atención a lo que ha dicho el presidente español. El plan de paz de Donald Trump en realidad es solo un plan de desgaste por asedio de los palestinos que quedan vivos en la Franja para forzar su desplazamiento y permitir la ocupación permanente de estos territorios y su anexión a Israel. Un caso de libro de limpieza étnica que nada tiene que envidiar a la vivida durante la guerra de la exyugoslavia.
Con ese objetivo en mente, es obvio que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no se plantea ni remotamente lo de permitir la presencia de tropas extranjeras en Gaza, al menos no hasta que alcance su propósito.
Lo que ha hecho nuestro presidente pregonando esta idiotez a los cuatro vientos ha sido únicamente intentar prolongar su agónica permanencia en La Moncloa a costa, si es necesario, de arriesgar la vida de soldados españoles, lo que, en realidad, no sorprende después de ver qué y a quién está dispuesto a vender por estar un día más en el poder.
Por suerte, nadie importante parece haberse tomado en serio este nuevo alarde de insensatez de Pedro Sánchez. Y seguro que no será el último.
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